El Juego del Angel. C.Ruiz Zafón


Fragmeto de El Juego del Angel. Carlos Ruiz Zafón. Editorial Planeta.

Aquella tarde, escondido bajo la ropa para que no lo viese mi padre, me llevé a mi
nuevo amigo a casa. Aquél fue un otoño de lluvias y días de plomo durante el que leí
Grandes esperanzas unas nueve veces seguidas, en parte porque no tenía otro a mano
que leer y en parte porque no pensaba que pudiese existir otro mejor, y empezaba a
sospechar que don Carlos lo había escrito sólo para mí. Pronto tuve el firme
convencimiento de que no quería otra cosa en la vida que aprender a hacer lo que hacía
aquel tal señor Dickens.
Una madrugada desperté de golpe sacudido por mi padre, que volvía de trabajar antes
de tiempo. Tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a aguardiente. Le miré
aterrorizado, y él palpó con los dedos la bombilla desnuda que colgaba de un cable.
-Está caliente.
Me clavó los ojos y lanzó la bombilla con rabia contra la pared. Estalló en mil pedazos
de cristal que me cayeron en la cara, pero no me atreví a apartarlos.
-¿Dónde está? -preguntó mi padre, la voz fría y serena. Negué, temblando.
-¿Dónde está ese libro de mierda?
Negué otra vez. En la penumbra apenas vi venir el golpe. Sentí que perdía la visión y
que me caía de la cama, con sangre en la boca y un intenso dolor como fuego blanco
ardiendo tras los labios. Al ladear la cabeza vi lo que supuse eran los trozos de un par de
dientes rotos en el suelo. La mano de mi padre me agarró por el cuello y me levantó.
-¿Dónde está?
-Padre, por favor.
Me lanzó de cara contra la pared con todas sus fuerzas y el golpe en la cabeza me hizo
perder el equilibrio y desplomarme como un saco de huesos. Me arrastré hasta un rincón
y me quedé allí, encogido como un ovillo, mirando cómo mi padre abría el armario y
sacaba las cuatro prendas que tenía y las tiraba al suelo. Registró cajones y baúles sin
encontrar el libro hasta que, agotado, regresó a por mí. Cerré los ojos y me encogí
contra la pared, esperando otro golpe que nunca llegó. Abrí los ojos y vi que mi padre
estaba sentado en la cama, llorando de asfixia y de vergüenza. Cuando vio que le
miraba, salió corriendo escaleras abajo. Escuché el eco de sus pasos alejarse en el
silencio del alba, y sólo cuando supe que estaba lejos me arrastré hasta la cama y saqué
el libro de su escondite bajo el colchón. Me vestí y, con la novela bajo el brazo, salí a la
calle.
Un lienzo de bruma descendía sobre la calle Santa Ana cuando llegué al portal de la
librería. El librero y su hijo vivían en el primer piso del mismo edificio. Sabía que las
seis de la mañana no eran horas de llamar a casa de nadie, pero mi único pensamiento
en aquel momento era salvar aquel libro, y tenía la certeza de que si mi padre lo
encontraba al volver a casa lo destrozaría con toda la rabia que llevaba en la sangre.
Llamé al timbre y esperé. Tuve que insistir dos o tres veces hasta que oí la puerta del
balcón abrirse y vi cómo el viejo Sempere, en bata y pantuflas, se asomaba y me miraba
atónito. Medio minuto más tarde bajó a abrirme y en cuanto me vio la cara todo asomo
de enfado se evaporó. Se arrodilló frente a mí y me sostuvo por los brazos.
-¡Dios santo! ¿Estás bien? ¿Quién te ha hecho esto?
-Nadie. Me he caído.
Le tendí el libro.
-He venido a devolvérselo, porque no quiero que le pase nada.
Sempere me miró sin decir nada. Me tomó en brazos y me subió al piso. Su hijo, un
muchacho de doce años tan tímido que yo no recordaba haber oído nunca su voz, se
había despertado al oír salir a su padre y esperaba en lo alto del rellano. Al ver la sangre
en mi rostro miró a su padre, asustado.
-Llama al doctor Campos.
El muchacho asintió y corrió al teléfono. Le oí hablar y comprobé que no estaba mudo.
Entre los dos me acomodaron en una butaca del comedor y me limpiaron la sangre de
las heridas a la espera de que llegase el doctor.
-¿No me vas a decir quién te ha hecho esto? No despegué los labios. Sempere no sabía
dónde vivía y no iba a darle ideas.
-¿Ha sido tu padre?
Desvié la mirada.
-No. Me he caído.
El doctor Campos, que vivía a cuatro o cinco portales de allí, llegó en cinco minutos.
Me examinó de pies a cabeza, palpando los moretones y curando los cortes con tanta
delicadeza como pudo. Estaba claro que le quemaban los ojos de indignación, pero no
dijo nada.
-No hay fracturas, aunque sí unas cuantas magulladuras que durarán y dolerán unos
días. Esos dos dientes habrá que sacarlos. Son piezas perdidas y hay riesgo de infección.
Cuando el doctor se marchó, Sempere me preparó un vaso de leche tibia con cacao y
observó cómo me lo bebía, sonriendo.
-Todo esto por salvar Grandes esperanzas, ¿eh?
Me encogí de hombros. Padre e hijo se miraron con una sonrisa cómplice.
-La próxima vez que quieras salvar un libro, salvarlo de verdad, no te juegues la vida.
Me lo dices y te llevaré a un lugar secreto donde los libros nunca mueren y donde nadie
puede destruirlos.
Los miré a ambos, intrigado.
-¿Qué lugar es ése?
Sempere me guiñó el ojo y me dedicó aquella sonrisa misteriosa que parecía robada de
un serial de don Alejandro Dumas y que, decían, era marca de familia.
-Todo a su tiempo, amigo mío. Todo a su tiempo.

Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788408081180
Nº Edición:1ª
Año de edición:2008
Plaza edición: BARCELONA

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Porque estaria mal?. J. Cortazar


Fragmento de la novela de Julio Cortazar “Historias de Cronopios y de Famas”. Editorial Alfaguara.

Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por qué te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, como cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.

Putas asesinas. R. Bolaños


Fragmento de la novela “Putas asesinas” de Roberto Bolaño. Editorial Anagrama.

Aquella noche conversamos casi hasta que amaneció. El Ojo vivía en Berlín desde
hacía algunos años y sabía encontrar los bares que permanecían abiertos toda la noche. Le
pregunté por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fotógrafo free
lancer. Había tenido casa en París, en Milán y ahora en Berlín, viviendas modestas en donde
guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. Sólo cuando
entramos en el primer bar pude apreciar cuánto había cambiado. Estaba mucho más flaco, el
pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Noté asimismo que bebía mucho más que en
México. Quiso saber cosas de mí. Por supuesto, nuestro encuentro no había sido casual. Mi
nombre había aparecido en la prensa y el Ojo lo leyó o alguien le dijo que un compatriota
suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llamó por teléfono a la
organización y consiguió las señas de mi hotel. Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba
haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.
Me reí. Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo
una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, alguien al que
le podías decir adiós en cualquier momento de la noche y él sólo te diría adiós, sin un
reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que
nunca había abundado mucho en Chile pero que sólo allí se podía encontrar.
Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud. El Ojo jamás se hubiera permitido
estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante
de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro diálogo se desarrolló básicamente en el
terreno de las evocaciones, es decir fue un diálogo informativo y melancólico. El diálogo, en
realidad el monólogo, que de verdad me interesa es el que se produjo mientras volvíamos a mi
hotel, a eso de las dos de la mañana.
La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras
atravesábamos la misma plaza en donde unas horas antes nos habíamos encontrado. Recuerdo
que hacía frío y que de repente oí que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que
nunca le había contado a nadie. Lo miré. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas
que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto.
¿Y qué pasó en ese viaje?, le pregunté. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes
pareció existir sólo para contemplar las copas de los altos árboles alemanes y los fragmentos
de cielo y nubes que bullían silenciosamente por encima de éstos.
Algo terrible, dijo el Ojo. ¿Tú te acuerdas de una conversación que tuvimos en La
Habana antes de que me marchara de México? Sí, dije. ¿Te dije que era gay?, dijo el Ojo. Me
dijiste que eras homosexual, dije yo. Sentémonos, dijo el Ojo.

Que hacer para leer lo mejor que exista? Proposición.


Hola:
Me estuve diciendo ayer que como me gusta leer novelas (aunque no solo novelas), llegado el momento de elegir la que compraré o que me ofrecen en préstamo, mi primer gesto es el de leer la primera página. Algunos dicen que en la primera página estaría la esencia del estilo de escritura, el ritmo de la narración.
No estoy tan seguro pero de algo se percata uno, y eso a mi me sirve para apostar a tal o cual titulo o autor.
Ahora bien, regreso en estas páginas con la oferta para ustedes de extractos de novelas. Novelas clásicas y no novedades.

Porque también me digo, que hay que leer mas a menudo los libros del pasado. La literatura se inventa todos los días pero esto no descalifica lo anterior que se ha escrito. La viejas novelas son mas fácil de conseguir, son mas baratas y tienen el retroceso necesario y la cualidad de presentarnos el hombre y la sociedad como existió hace un tiempo. Porque de retroceso se trata cuando se trata de interpretar al hombre.
Entonces para esto he creado una categoría nueva que he llamado extractos. allí podrás encontrar esas cuantas lineas del original que podrás tener la tentación de descubrir el libro de tu vida.