Pieve di Soligo, cerca de Treviso.


Pequeña visita de pueblo Pieve de Soligo y sus alrededores. un alto campanario de mas de 70 metros de altura, domina una porcion de cielo.Una región de muchas viñas y cotos de caza. Esta mañana se veían muchos cazadores escopeta al hombro y ropa de camuflaje. El sol matinal filtraba la bruma matinal dando lugar a bonitos halos de luz. A lo lejos se escuchaban de tanto en tanto disparos y ladridos.

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Viajando al norte de Italia


Poco que decir del viaje a Pieve de Soligo en la región de Venecia, si no que la ruta es larga. que durante mas de 5 horas manejé un statio-wagon Skoda de alquiler, bastante cómodo y que pienso que casi siempre sale uno ileso después de arriesgar la vida de los suyos, gracias a algunos asesinos potenciales que surgen de donde menos lo piensas en la autopista. Como cada vez se imponía detenernos en un infaltable ritual, el de probar el excelente café italiano y un panino con queso caliente.

Mi mujer terminó de conducir las dos horas que quedaban, maldiciendo diplomaticamente a todos esos locos que corrian como unos furiosos. Aquí estamos entonces, tratando de pasar, cinco días de otoño en el norte de Italia.

Positano y la costa Amalfitana.


Algo pasa en cierta zona de mi cerebro, sin poder detallar si se trata del lóbulo derecho o izquierdo, que me impide interpretar lo que esta sucediendo. Una semana sin ser capaz de interpretar. Desde el regreso de Nápoles, un tema nuevo e insospechado anteriormente  ha venido a cruzarse en mi mente con la actual crisis económica sin que ambos tengan relación.

Mi sorprendente toma de conciencia de este fenómeno para nada nuevo, y al que tanta gente en el mundo y en Italia no parece darle mucha importancia, hace que me sienta como víctima de un cortocircuito interno, que afecta casi a mi propio organismo. Esto es la maffia.

La ultima vez me encontraba en  pequeña excursión frente al mar Tirreno. En lo que se llama la Costa Amalfitana.

Tome el taxi que me llevaría al puerto de Nápoles para tomar el aliscafo hacia Sorrento. Mi prevista visita a Pompeya quedaba anulada por decisión Papal. El Pontífice no se que “tan santo” sea, había decidido visitar Pompeya el mismo dia que yo. Ochenta mil personas lo esperaban y ya los sistemas de seguridad del Santo Reino se habían activado con el fin de no dejar volar una mosca en el lugar. Mala noticia para el pobre turista que yo soy. No hay peor noticia para un turista que encontrarse con accesos cerrados, con museos cerrados y con 80.000 personas alrededor, cuando desea des-mortalizar una estatua, ni menos una vista general. Por lo que  Pompeya sera para otra ocasión.

El joven napolitano que conducía el taxi trataba de saber por todos los medios y en todos los idiomas que clase de turista era yo para ver hasta que punto podía introducirse sutilmente en mi billetera con mi aprobación. Partió en otra dirección que la del puerto, y yo le hice ver en buen italiano que estaba muy apurado y no tenia tiempo para dar vueltas inútilmente. “Disculpa- me dijo- pretendía mostrarte algo del centro.” Comprendase que hay maneras mas deshonestas de ganarse la vida.

Mi barco a Sorrento partiría y solo me quedaban unos minutos para que al llegar, me hiciera la jugada de que no tenia vuelto. Nuevamente le hice entender que la treta ya era conocida y que le daría una propina pero que estaba apurado. Se resignó al fin a dejarme ir con una sonrisa de desconsuelo.

El trayecto es corto ya que los barcos son veloces. En media hora pude admirar los farallones de la accidentada costa Amalfitana y la marina de Sorrento.

Farellones de Sorrento

Farellones de Sorrento

Salté rápidamente al bus que me llevo al pueblo para alquilar un scooter. Tenia poco tiempo y quería recorrer la costa con la brisa marina en el rostro. Detenerme a la orilla de la sinuosa y estrecha ruta para admirar acantilados y mar azul, sin sentir la presión del tráfico. En media hora estaba saliendo de Sorrento,  dirección Positano.

Cielo azul, mar azul. Brisa marina, bosque, monte, paredes calcáreas, naranjos y flores. Aromas exquisitos y sol. Esta atmósfera, la misma desde hace siglos se repite kilómetro tras kilómetro.

Mar Tirreno

Mar Tirreno

Ese mar Tirreno toma el nombre del antiguo pueblo tirreno mas conocido como Etrusco. Tiene sus fronteras con Sardeña, Corcega y Calabria y fue escenario de famosas batallas entre Roma y Cartago durante las llamadas Guerras Púnicas, donde Roma impuso por primera vez su poderío a los Cartagineses venciendoles en el estrecho de Messina por allá por el año 264 a.c.

Grande es mi tentación de continuar hablando de ese remoto pasado, pero no solo de historia esta hecha esta tierra sino de costumbres y tradiciones que han conquistado el corazón de los pudientes que hicieron de esta región en los años 50 un paraíso para magnates y estrellas de cine.

Los buses Pullman en la ruta anuncian la proximidad de Positano. Positano es un lugar de sueño. De él decia Steinbeck que “no parece verdadero hasta que se esta en el, pero del cual se siente con nostalgia toda su profundidad  realidad cuando se le ha dejado“.

Positano un pueblo de sueños.

Caminar por sus calles no se compara a recorrerlo en una vespa. Hasta se imagina uno ser por unos segundos el protagonista de uno de esas películas del neorealismo italiano de los 60. La magia de un cierto  pasado esta aun allí. Aunque para muchos es también una cuestión de esnobismo.

Mas fotos aquí.

Ligada a la historia esta la cocina italiana, tan variada y rica en productos de la tierra como de un savoir-faire de hace siglos. Se acercaba la hora del almuerzo y se imponía un buen aperitivo a la italiana, si señor. Un Campari con naranja y hielo y una vista como para que se te caigan los dientes.

Iglesia de Praiano.

Iglesia de Praiano.

Despues del delicioso Campari el apetito estaba en su apogeo y el menú de la Trattoria S. Genaro en Priano proponía lo siguiente:

Scialatelli (gruesos espagetis hechos en casa) con marisco.
Scialatelli alle scoglio.
Gnocchi alla sorrentina.
Scialatelli zucchine e gamberi.
Risotto allo scolglio.
Linguini allo scoglio.
Scialatelli li galli (pez espada y tomates).

Yo pedi una entrada de sepias (sin pensar en su tamaño) y  scialatelli con mariscos. Nada mas que mostrar las fotos se me hace agua la boca.

Entrada de sepias a la plancha.

Entrada de sepias a la plancha.

Scialatelli hechos a la mano y mariscos.

Scialatelli hechos a la mano y mariscos.

En medio de este festival de sabores y panoramas la lectura del diario me recuerda la sórdida actualidad napolitana. Roberto Saviano esta en todos los periódicos. Aunque vive día y noche escoltado por tres policías italianos ya que condenado a muerte por la Camorra, ha aparecido la anoche anterior en una emisión de Canale 7. Hoy los diarios dan la noticia que se ha filtrado: Roberto Saviano será asesinado con una bomba escondida bajo el coche poco antes de la próxima Navidad. Esta es también la amenaza del boss, Francesco Sandokan Schiavone quien, a través de cinco cartas, desde la carcel,  le hace saber que la publicación y el éxito mundial de su libro Gamorra le hace merecedor de la muerte por explosión. Esta técnica recuerda el asesinato del juez Falcone junto a su esposa y sus escoltas en Mayo del 92, por haber desafiado el “sistema” en Sicilia.

Pienso que Roberto Saviano es hoy a pesar suyo un héroe moderno, un hombre de otra especie como ya no se encuentran, y esto me conmueve. Me conmueve su combate, su tenacidad contra el crimen organizado y su humanidad, dentro de la indiferencia general.
Torna a Sorrento dice la canción napolitana:

Guarda il mare com’e bello!
spira tanto sentimento.
come il tuo soave accento, che me desto fa sognar.
senti come illeve salle, dai giardini odor d’aranci,
un perfumo non v’ha eguale per chi palpita d’amore.
e tu dicro parto addio,
t’allontani dal mio core, questa terra del amore,
hai la forza di lasciar.
ma non mi fuggir, non dar mi piu tormento, torna a sorrento non farmi morir
.

“No me hagas huir, no me des mas tormento, vuelve a Sorrento, no me hagas morir.” -dice el final.

Mi regreso a Nápoles por la tarde me hace sentir en los ruidos de la ciudad, en sus colores de suciedad, y la amenaza de un monstruo que nadie quiere ver ni afrontar por estas tierras.

Nápoles, un fragmento de Malaparte.


Caminando por las estrechas calles del viejo Nápoles, me vino a la mente aquel fragmento del libro de Malaparte, “La Piel”,, donde habla de su visión de la Italia que continuaba perdiendo y siendo amable con los vencedores por aquellos tiempos de después de terminada la guerra en el 44.

No que me pareciera verosímil hoy en el 2008 la imagen de Malaparte, pero al ser como un sueño,como  una horrible visión fantasmagórica, los fantasmas del pasado tomaban miles de formas, con ellas se vestían para bailar con esa muerte, esa misma muerte que hoy ronda por las calles de Secondigliano, el reino de los Casalesi, el reino de la Camorra.

Curzio Malaparte escribe en su libro La Piel:

Jack y yo íbamos a menudo, con el capitán Jimmy Wren, de Cleveland, Ohio, a comer los taralli calientes,
recién salidos del horno, a una panadería del Pendino di Santa Barbara, esa larga y suave escalinata que del
Sedile di Porto trepa hacia el monasterio de Santa Chiara.
El Pendino es una callejuela lúgubre, no tanto por su angostura cortada como entre dos muros, verde de
moho, de antiguas y sórdidas casas, ni por la oscuridad que eternamente reina en ella, como por la extrañeza
de sus habitantes.
Famoso es en verdad el Pendino di Santa Barbara por la gran cantidad de mujeres enanas que viven en él.
Son seres pequeños, que llegan apenas a la altura de la rodilla de un hombre de estatura normal. Son repulsivas
y arrugadas, las enanas más feas que existen en el mundo. En España hay muchas enanas muy bellas, bien
proporcionadas de formas y líneas. Y he visto alguna en Inglaterra, verdaderamente bellísima, rosada y rubia,
casi una Venus en miniatura. Pero las enanas del Pendino di Santa Barbara son horrendas, y todas, aun las más
jóvenes, tienen el aspecto de antiquísimas viejas, tan envilecido tienen el rostro y tan rugosa la frente, tan
escasa y descolorida la enmarañada cabellera.
Lo que más maravilla en medio de aquel fétido callejón, en medio de aquella horrenda población de
enanas, es la belleza de los hombres; son altos, de ojos y cabello negros, y tienen nobles y lentos ademanes, la
voz es clara y sonora. No se ven hombres enanos en el Pendino di Santa Barbara; lo que induce a creer, o que
los enanos mueren en la cuna o que la brevedad de sus miembros es una monstruosa herencia que ha
correspondido solamente a las mujeres.


Estas enanas se pasan todo el día sentadas en el umbral del zaguán o acurrucadas sobre minúsculos
escabeles al lado de la puerta de sus antros, parloteando entre ellas con voz de rana. Su pequeñez se destaca
todavía más al lado de los muebles que llenan sus guaridas; canteranos, arcones, armarios inmensos y lechos
que parecen camastros de gigante. Para alcanzar estos muebles, se encaraman en las sillas, en los bancos, se
izan a fuerza de brazos ayudándose con los plafones de las altas camas de hierro. Y quien sube por vez
primera por el Pendino di Santa Barbara se cree Gulliver en el país de Liliput, o un cortesano de Madrid entre
los enanos de Velázquez. La frente de estas enanas está surcada por las mismas horrendas arrugas que excavan
la frente de las horribles viejas de Goya. No parezca arbitraria esta evocación, porque españolizado es el barrio
en el que viven todavía los recuerdos de la larga dominación castellana sobre Nápoles, y donde aún se advierte
un aire de la vieja España en las calles, callejones, casas, palacios, olores densos y empalagosos, voces
guturales, y en esos largos y musicales lamentos de la llamada y respuesta de balcón a balcón, y en el canto
ronco de los gramófonos en el fondo de los antros oscuros.
Los taralli son como unos roscones de pasta dulce, y la tahona que, situada a media escalinata del Pendino,
saca del horno cada hora los taralli olorosos y piñotada, es famosa en todo Nápoles. Cuando el panadero
hunde la larga pala de madera en la boca del horno ardiente, las enanas acuden tendiendo sus pequeñas manos,
oscuras y arrugadas como manos de mona, chillando fuerte con sus voces roncas, agarrando los delicados taralli, calientes y humeantes, y diseminándose luego por el callejón para depositar los taralli dentro de vasijas
de latón reluciente; después se sientan en el umbral, con la vasija sobre las rodillas, en espera del comprador
gritando: «Oh, li taralli! Oh li taralli belli cauril!» El olor de los taralli se esparce por todo el Pendino di
Santa Barbara, las enanas chillan y se ríen entre ellas. Y una, acaso joven, canta asomada a una ventana y es
como araña que asomase su cabeza peluda por una grieta del muro.
Las enanas calvas y desdentadas suben y bajan por los resbaladizos escalones, apoyándose en bastones, en
muletas, balanceándose sobre sus piernas cortas, levantando la rodilla hasta la barbilla para poder subir el
peldaño, y arrastrándose a gatas, gañiendo y babeando; parecen los engendros monstruosos de Breughel o de
Bosch, y un día Jack y yo vimos una sentada en el umbral de su tugurio con un perro enfermo en brazos. En
aquel regazo, entre aquellos brazuelos, el perro parecía un animal gigantesco, una fiera monstruosa. Acudió
una compañera y entre las dos, agarrando al animal una por las patas posteriores y la otra por la cabeza, lo
transportaron con gran fatiga dentro del tugurio, y daba la impresión de que transportaban un dinosaurio
herido.
Las voces que salen del fondo de aquellos antros son voces estridentes, guturales, y el lloro de las
horrendas chiquillas, minúsculas y arrugadas como viejas muñecas, parecían maullidos de gatitos moribundos.
Si se entra en uno de esos tugurios, se ve a esos gruesos escarabajos de enorme cabeza arrastrarse sobre el
pavimento, en la fétida penumbra, y hay que andarse con cuidado para no aplastarlos con la suela del zapato.
A veces veíamos a algunas de aquellas enanas subir las escaleras del Pendino conduciendo agarrados por el
borde de los pantalones a gigantescos soldados americanos, blancos o negros, de ojos infantiles, y empujarles
dentro de sus tugurios. (Los blancos, gracias a Dios estaban borrachos.) Yo me estremecía, imaginando los
extraños acoplamientos de aquellos hombres enormes con aquellas monstruosidades sobre los altos e inmensos
lechos.
Y le decía a Jimmy Wren:
—Me gusta ver que esas enanas y vuestros bellos soldados se quieren. ¿No te alegra a ti también, Jimmy?
—Naturalmente, me alegra a mí también — respondía Jimmy rabiosamente masticando el chewing-gum.
—¿Crees que se casarán?
—¿Por qué no? —respondía Jimmy.
—Jimmy es un buen muchacho — decía Jack —, pero no hay que provocarle. Se encoleriza en seguida.
—También yo soy un buen muchacho — decía yo— y me gusta pensar que habéis venido de América a
mejorar la raza italiana. Sin vosotros, esas pobres enanas hubieran permanecido solteras. Nosotros, pobres
italianos, solos no lo hubiéramos hecho. Menos mal que vosotros habéis venido de América a casaros con
algunas de nuestras enanas.
—Serás invitado al banquete de bodas —decía Jack—, tu pourras pronuncer un discours magnifique.
—Oui, Jack, un discours magnifique. Pero, ¿no crees, Jack —decía yo—, que las autoridades militares
aliadas deberían favorecer los matrimonios entre estas enanas y vuestros bellos soldados? Sería un gran bien
que vuestros soldados se casasen con esas enanitas. Sois una raza de hombres demasiado altos. América tiene
necesidad de situarse a nuestro nivel, don’t you think so, Jimmy?
—Yes, I think so —respondía Jimmy, mirándome de través.
—Sois demasiado altos — decía yo —, y demasiado bellos. Es inmoral que en el mundo exista una raza de
hombres tan altos, tan bellos, tan sanos. Me gustaría que todos los soldados americanos se casasen con esas
enanitas. Esas italian brides tendrían un éxito enorme en América. La ciudadanía necesita tener las piernas
más cortas.
—The hell with you —decía Jimmy escupiendo a tierra.
—Il va te caresser la figure, si tú insistes — decía Jack.
—Sí, ya lo sé. Jimmy es un buen muchacho — decía yo, riéndome por dentro.
Me dolía reír así. Pero hubiera sido feliz, verdaderamente feliz, si todos los soldados americanos hubiesen
regresado un día a América del brazo de todas las enanas de Nápoles, de Italia, de Europa.

Extracto de La piel de Curzio Malaparte.

Nápoles


No basta con viajar, sino vivir lo viajado y no todos lo hacemos de la misma manera. Sobre todo cuando un viaje implica la agudización de las percepciones y  los sentidos para recibir la avalancha de nuevas cosas que te caen encima.

He estado la semana pasada en la región del Golfo de  Nápoles, lo que incluye la ciudad de Nápoles, la Costa  Amalfitana y la isla de Capri. En este post les hablaré por el momento solo de Nápoles. Desde mi visita al Brasil el año pasado le he tomado un cierto cariño a las islas, sobre todo cuando estas son o parecen tropicales, por lo que me decidí atravesar hasta Capri.

Son las 20 horas del lunes y la actividad en la ciudad comienza a menguar. Tonino, un amigo mio ha venido a buscarme al aeropuerto a pesar de sus compromisos de trabajo. Es ingeniero civil y debe presentar con urgencia un proyecto de construcción al ayuntamiento de Nápoles para su aprobación, ya que se trata de un sitio protegido donde antes de comenzar los trabajos de excavación deben pasar los servicios de arqueología del ayuntamiento ya que se trata de vestigios del siglo XII.

En Nápoles un permiso de construcción es algo delicado, ya que se supone que es un sector donde la Camorra ha llegado a extender sus tentáculos. Mientras viajamos al centro de la ciudad veo un cartel que indica Secondigliano y me permito decir en broma que por favor no pase por allí. Tonino sonríe ya que sabe que estoy haciendo alusión a uno de los pueblos donde la Camorra esta fuertemente implantada alrededor de Nápoles.

Todas las fotos.

-Debes probar la pizza napolitana – me dice – ya que es la madre de todas las pizzas.

Puede que tenga razón pero aquella que comimos es una de las mas malas que he probado en mi vida.

En el aeropuerto esperaban pasar el control una joven pareja de suizos con dos hermosas adolescentes. Solo que el control para ellos fue inexistente y mi pobre pasaporte chileno fue hojeado para atrás y para adelante buscando el timbre TERRORIST sin poder encontrarlo. Después de haber sido escudriñado como buen latinoamericano me dejaron pasar.

Tonino no puede mas con su pesar por lo de la pizza. Me hizo reír mucho con su historia de “la madre de todas las pizzas”. Aunque mas tarde le daría razón. Me confiesa que no ha venido a Nápoles desde hace mucho tiempo. Vive en Avelino en el corazón de los Apeninos. Se acordarán ustedes del cuento de Edmundo d’Amicis ” De los Apeninos a Los Andes” que nos hizo llorar de tristeza cuando eramos chicos. Yo venia de Los Andes a Los Apeninos aunque sin pena ni dolor.

Al final llegamos a Piazza Amedeo donde estaba mi hotel. Este hotel es muy recomendable por su ubicación y por si les interesa les pongo una foto para darse una idea. Es muy limpio y mantiene una atmósfera algo “retro” con mucho hierro y madera en su mobiliario.

Hotel "Pinto Storey" en Nápoles.

Hotel "Pinto Storey" en Nápoles.

Como a muchos no me faltaban los lugares comunes para imaginar  Nápoles antes de visitarla: una ciudad caótica, plagada de inmundicias sus calles, un vago perfume  de tradiciones paganas y católicas mezcladas, la mafia,ruidosa, etc. Era exactamente lo que buscaba.

Vista del Golfo de Nápoles desde el Vomero.

Vista del Golfo de Nápoles desde el Vomero.

Resulto ser Lisboa, Valparaiso y supongo Zanzibar, todo eso junto. Ciudades a orillas del mar con colinas en cascada, funiculares, escalinatas, una actividad comercial legal e ilegal. Terminos que en Nápoles conviven diríase así, muy naturalmente.

Todo lo que existe pasa por aquí. -dice Roberto Saviano en su libro Gomorra -. Por el puerto de Nápoles. No hay producto manufacturado, tela, artículo de plástico, juguete, martillo, zapato, destornillador, perno, videojuego, chaqueta, pantalón, taladro o reloj que no pase por el puerto. El puerto de Nápoles es una herida. Ancha.

Dos días atrás la policía encontraba precisamente en un barco, cajas que contenían carne molida la que seria probablemente vendida al consumidor en forma de croquetas y que estaba compuesta de  carne de mono, de serpiente y de tigre, todo esto bien mezclado, congelado y envasado. Todo lo que se produce en China llega a Nápoles. Y mucho de lo que llega a Nápoles es negocio de la Camorra, la mafia napolitana, diferente de la Cosa Nostra de Sicilia o de la Andragheta la mafia de Calabria.

Dado el poco tiempo me limité a pasear por barrios como el Vomero, accesible desde el malecón en funicular. El Vomero es un agradable barrio de clase media, con calles pintorescas y peatonales bordeadas por arboles frondosos y muchísimo comercio. Los napolitanos animan en familia por la tarde la Via Alessandro Scarlatti y la Piazza Vanvitelli. Han probado los helados italianos “son la madre de todos los helados”, se lo digo yo.

Escalinata cerca de Piazza Vanvitelli.

Escalinata cerca de Piazza Vanvitelli.

Visité la Cartuja de San Martino en un flanco del castillo de San Telmo. Es una impresionante fortaleza construida en 1329. Domina completamente la ciudad y constituía uno de los pilares del sistema defensivo en aquel entonces. Desde uno de sus jardines pude fotografiar el Nápoles antiguo con el volcán Vesubio al fondo.

El Vesubio visto desde la Cartuja de San Martino.

El Vesubio visto desde la Cartuja de San Martino.

En la Cartuja se puede admirar una escena impresionante de figurillas en tierra y cerámica que representan la vida popular de fines del siglo XVIII.

Nota: Para mejor admirar las fotos vaya a mi página de fotos

Arte popular napolitano 1879.

Arte popular napolitano 1879.

En Nápoles hay una infinidad de plazas, como si cada una constituyera el centro de un barrio distinto. Paseando por sus calles y sus plazas se percibe una extraordinaria mezcla de estilos de arquitectura. La ciudad data del siglo VI antes de Cristo y fue creada por los griegos, conquistada después por los romanos los que la poseyeron hasta el final del imperio por ahí por el año 476. Mas tarde pasaría por muchas manos y muchos vireyes entre españoles y normandos.

Mientras paseaba por el viejo Nápoles, un barrio que es el ultimo reflejo de la vida popular y al mismo tiempo sus calles estrechas conservan aun el trazado greco-romano, pude ver lo colorido de las habitaciones las cuales cuelgan sus balcones con ropa colgando y desde las cuales los napolitanos se hablan a gritos de un balcón al otro, confundense las voces con el rugir del motor de motonetas, con las que decenas de jóvenes proveen con artículos diversos los restaurantes, los almacenes del lugar.

Una estrecha calle del viejo Nápoles.

Una estrecha calle del viejo Nápoles.

Al mismo tiempo es prudente no adentrarse mucho en estas calles, lo que hace que la foto de arriba la tomé desde una muralla tope desde la Via Umberto I. El sector mas seguro, es decir donde se puede pasear incluso al caer la tarde y cuando anochece es el  paralelo a la Via Toledo (arteria comercial).

Barrio llamado "Los cuarteles españoles"

Barrio llamado "Los cuarteles españoles"

Allí funcionan muchas tabernas y restaurantes que sirven platos baratos y de buena calidad. Los napolitanos se vanaglorian diciendo que en Nápoles nació la pizza y es probable que sea cierto. Ademas Toni mi amigo me aconsejaba probar sobre todo la pizza margarita ya que decía las otras solo existen para los turistas. La pizza mas barata que he comido fue allí en el viejo Nápoles por la que pagué 3.50 euros y era una maravilla de pizza con solo tomate y mozzarella.

Pizzaiolos de Via Vicolo d'Affitto

Pizzaiolos de Via Vicolo d' Affitto.

Ver mapa más grande

Pero Nápoles es un puerto, no hay que olvidarlo. El día Martes camine mucho y escribí en una pausa estas notas:

Al fin he podido dar un descanso provisorio a mis adoloridos pies. He tomado posesión de las 40 sillas 10 mesas del Café Megaride que ha decidido hoy cerrar sus puertas a la clientela. Toda la terraza es para mi sin consumir ni un solo vaso de agua.

Camino desde hace 6 horas. He hecho una parada al borde del mar, en el Castillo del Huevo. Es una fortaleza restaurada en los años 90 en la cual se dice que Virgilio habría escondido un huevo mágico encerrándolo en una caja de hierro desde hace siglos. El día que alguien descubra el huevo, el castillo se desplomará.

Castillo del Huevo.

Puerto de Nápoles.

Puerto de Nápoles. Arriba La Cartuja de San Martino.

El puerto de Nápoles será el punto de partida a la Costa Amalfitana la que describiré en otro post.  no olvidar ver todas las fotos en http://fotografias.hugo-orell.com

Informaciones prácticas sobre turismo en Italia

Porque Nápoles. Extracto de “La piel” de Malaparte.


Anteriormente les hablé del descubrimiento de la novela de Curzio Malaparte “La piel“. Su lectura no hace mas que aumentar mi excitación y mi curiosidad por visitar Nápoles en algunos días mas. Claro que este es el Nápoles de un escritor maldito, provocador y polémico del que probablemente les contaré algo mas adelante, pero un excelente autor.

Aquí unas líneas, de un pasaje del libro en que el narrador (no el autor), miembro del Cuerpo Italiano de Liberación , mantiene un dialogo con Jack Hamilton, coronel de las tropas de liberación americanas, que por los años 44 desembarcaban en Salerno a finales de la Segunda Guerra Mundial.

—Nápoles —le decía yo— es la ciudad más misteriosa de Europa, es la única ciudad del mundo antiguo
que no ha perecido como Ilion, como Nínive, como Babilonia. Es la única ciudad del mundo que no se ha
sumergido en el cruel naufragio de la civilización antigua. Nápoles es una Pompeya que no ha sido nunca
sepultada. No es una ciudad, es un mundo. El mundo antiguo, precristiano, conservado intacto en la superficie de un mundo moderno. No podíais escoger un sitio más peligroso que Nápoles para desembarcar en Europa.
Vuestros carros blindados corren el peligro de hundirse en el cieno negro de la antigüedad como en unas
arenas movedizas. Si hubieseis desembarcado en Bélgica, en Holanda, en Dinamarca o en la misma Francia,
vuestro espíritu científico, vuestra técnica, vuestra inmensa riqueza de medios materiales, os habría dado la
victoria, no sólo sobre el Ejército alemán, sino sobre el mismo espíritu europeo, sobre esa otra Europa de la
cual Nápoles es la misteriosa imagen, el desnudo espectro.
»Pero aquí, en Nápoles, vuestros carros blindados vuestros cañones, vuestros automóviles, hacen sonreír.
Chatarra. ¿Recuerdas, Jack, las palabras de aquel napolitano que el día de vuestra entrada en Nápoles vio pasar por Via Toledo vuestra interminable columna de carros blindados? Che bella ruggine!, exclamó. ¡Cuánta chatarra! Vuestra humanidad americana particular, aquí se revela descubierta, indefensa, peligrosamente vulnerable. No sois más que unos grandes chiquillos, Jack. No podéis comprender a Nápoles, no lo comprenderéis nunca.

Salerno, Italia. 1944

Salerno, Italia. 1944

Extracto de La Piel, de Curzio Malaparte.

Carreteras italianas.


Me preguntaba a menudo mientras conducía en que lío me había metido, o si los años pasando me habían hecho diferente, mas miedoso. El coche era potente, confortable y silencioso. Pero la sensación de peligro estaba siempre allí conmigo. La sentían mis acompañantes?. No les hice la pregunta para no hacer nacer el miedo por sugestión.

El coche rodaba por momento por las largas lineas rectas de el llano el rió Po en el norte de Italia. Los italianos se largaban a pasar tres días de feriado por fiesta nacional. Y corrían, corrían sin parar. Después vinieron los coches de policía que corrían también. Mas tarde las ambulancias.

Yo continuaba a 120-130 kilómetros /hora por una autopista con buenas condiciones de visibilidad, pero los locos seguían pasando como bólidos a mi lado. Adonde van así? Me decía yo.

Lo peor era cuando rodaba yo un trecho por la derecha, y llegaba un coche a 160 o mas y se me pegaba detras, a 5 metros. Que inconsciencia !. Como se puede menospreciar la vida de esta manera y jugar con las sensaciones malsanas de un placer que puede conducir a la muerte de inocentes. Que vida vive la gente para descargar sus tensión y frustraciones en el peligro?

Me dice la prensa que la industria automovilistica esta en crisis. Que se venden menos vehiculos, que el petroleo cuesta muy caro y que esto llevaria a la gente a reflexionar. No lo creo. Aunque no existan los coches el hombre seguirá jugando a chico mimado. ¡Ah! los hombres.