Gombrowicz, extracto página 60


img_art_10853_3138Solo en el palco, yo, el moderno, yo, el carente de prejuicios, yo, el enemigo de los salones, yo, a quien  el látigo de la derrota quito de la cabeza los humos y los caprichos, pensé que el mundo en que el hombre se adoraba a sí mismo a través de la música me convencía  más que el mundo en que el hombre adora la música.
A continuación tuvo lugar la segunda parte del concierto. El pianista, tras haber montado a Brahms, galopaba. En realidad nadie sabía que tocaba, porque la perfección del pianista no permitía concentrarse en Brahms  y la perfección de Brahms distraía la atención de los oyentes puesta en el pianista. Pero por fin alcanzó la meta. Aplausos. Aplausos de los expertos. Aplausos de los aficionados. Aplausos de los ignorantes. Aplausos del rebaño. Aplausos suscitados por los aplausos. Aplausos que crecían solos, que se acumulaban unos encima de otros, excitantes, auto generadores; ya nadie podía no aplaudir, ya que todos aplaudían.

Extractos del Diario de Witold Gombrowicz


Mi lectura de la versión en castellano del “Diario” de W. Gombrowicz confirma mi admiración por el autor polaco. Afortunadamente su lectura en francés hace algunos años me empujo à buscar la versión en español ya que el libro tiene una cierta densidad al leerlo. La traducción es importante ya que la lengua polaca pareciera estar en el lado opuesto del castellano. Es una empresa arriesgada pero pareciera que la versión del libro publicado por Seix Barral carece de grandes errores aunque no debe estar exenta de rodeos y generalizaciones. A esta altura nada he notado aunque acabo de comenzar.

Witold Gombrowicz

Witold Gombrowicz

En una época donde las ideas se han estado quedando atrás, o por debajo de nuestro horizonte es necesario encontrar algo de claridad en el plano de las ideas. Lo que mas me impacta en el pensamiento de Gombrowicz es su capacidad de cuestionar lo que creemos saber. De replantearlo, de deconstruirlo. A partir de aquí me parece útil de ir publicando en este blog algunos extractos, cuando a mi parecer se refieren a cuestiones candentes frente al individuo y las instituciones yendo hasta las cosas mas triviales en apariencia.

Si estos párrafos incitan los lectores del blog a leer el libro estaría mas que contento y les ruego que me comuniquen su experiencia. El libro no es barato, tiene mas de 800 paginas y aunque se lee con enorme interés tampoco se trata de una novela. Tampoco se encuentra por el momento en la base de datos de Papyre aunque hago un llamado a tratar de publicarlo.

Gombrowicz escribió estas paginas entre 1953 y 1969. Es un diario escrito en el exilio en Argentina y generalmente hace referencia a una Polonia habiendo pasado por el drama de su invasión por los alemanes y los soviéticos en 1939.

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¡Viva Chile, mierda!


Antonio Caño. Corresponsal del diario "El Pais" en Washington.

En los últimos años han sido frecuentes y merecidos los elogios a Chile por la sabia conducción de su democracia y su economía. Eso es mérito, en gran medida, del carácter humilde y práctico de un pueblo que se ve ahora frente a uno de los mayores retos de su historia.

La laboriosidad de los chilenos es prototípica en América Latina. El respeto mundial a Chile y la presencia de sus ciudadanos en áreas de responsabilidad internacional excede con mucho al peso que el país tiene por tamaño y población. Actualmente, sólo en Washington, hay un chileno al frente de la OEA, otro como máximo responsable de la política latinoamericana en el Departamento de Estado y otro como el principal asesor del liderazgo republicano en el Senado. Varios esperan cargos relevantes en los próximos meses y muchos más ocupan posiciones dirigentes en el sector público, universidades y centros de influencia. En Europa se pueden citar multitud de casos similares desde Suecia a España.

En América Latina a veces los chilenos producen más envidia que admiración. Sus vecinos argentinos, que los han ignorado por décadas, se atormentan ahora con un complejo de inferioridad. Por el norte, Perú y Bolivia no han superado el rencor de conflictos pasados y siguen identificando a Chile con sus demonios. Los mismos chilenos que nosotros vemos prudentes y discretos, algunos latinoamericanos los ven sigilosos y taimados.

Las cualidades del pueblo chileno son capaces, sin embargo, de resplandecer por encima de todas las dudas. El valor con el que combatieron la dictadura sólo es comparable al virtuosismo con el que la liquidaron. Su capacidad para conciliar razas, ideas y credos es un ejemplo y una garantía de su propio progreso. Saldrán fortalecidos de este desastre. Lo superarán con sus armas de siempre: su tenacidad y su modestia. Aunque los éxitos de los últimos años les han dado a los chilenos una mayor confianza en sí mismos, no les gusta presumir de sus propias virtudes y paganizan su orgullo nacional con el incomparable grito de ¡Viva Chile, mierda!

Publicado en El Pais de España del 3 de Marzo 2010.

Instrucciones para subir una escalera. Julio Cortázar.


Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

En el libro ” Historias de Cronopios y Famas”.   Julio Cortázar.

John Cheever. La Geometría Del Amor. Extracto.


A menudo me sucede de decidirme por la compra de un libro después de haber leído en fragmento en alguna librería o biblioteca. Este texto les incitará ( lo espero ) a leer este libro que me encanta. Es un serie de novelas cortas y este corresponde a la primera  intitulada “Una visión del mundo”.

Mi esposa a menudo está triste porque su tristeza no es una tristeza triste, y dolida porque su dolor no es un dolor aplastante. Le pesa que su pesar no sea un pesar agudo, y cuando le explico que su pesar acerca de los defectos de su pesar puede ser un matiz diferente del espectro del sufrimiento humano, eso no la consuela. Oh, a veces me asalta la idea de dejarla. Puedo concebir una vida sin ella y los niños, puedo arreglarme sin la compañía de mis amigos, pero no soporto la idea de abandonar mis prados y mis jardines. No podría separarme de las puertas del porche, las que yo reparé y pinté, no puedo divorciarme de la sinuosa pared de ladrillos que levanté entre la puerta lateral y el rosal; y así, aunque mis cadenas están hechas de césped y pintura doméstica, me sujetarán hasta el día de mi muerte. Pero en ese momento agradecía a mi esposa lo que acababa de decir, su afirmación de que los aspectos externos de su vida tenían carácter de sueño. Las energías liberadas de la imaginación habían creado el supermercado, la víbora y la nota en la caja de pomada. Comparados con ellos, mis ensueños más desordenados tenían la literalidad de la doble contabilidad. Me complacía pensar que nuestra vida exterior tiene el carácter de un sueño y que en nuestros sueños hallamos las virtudes del conservadurismo. Después, entré en la casa, donde descubrí a la mujer de la limpieza fumando un cigarrillo egipcio robado y armando las cartas rotas que había encontrado en el canasto de los papeles.

Esa noche fuimos a cenar al Club Campestre Arroyo Gory. Consulté la lista de socios, buscando el nombre de Nils Jugstrum, pero no lo encontré, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y para qué? Lo de costumbre. Gracie Masters, la hija única de un millonario que tenía una funeraria, estaba bailando con Pinky Townsend. Pinky estaba en libertad, con fianza de cincuenta mil dólares, a causa de sus manejos en la Bolsa de Valores. Una vez fijada la fianza, extrajo de su billetera los cincuenta mil. Bailé una pieza con Millie Surcliffe. Tocaron Lluvia, Claro de luna en el Ganges, Cuando el petirrojo rojo rojo viene buscando su antojo, Cinco metros dos, hay tus ojos, Carolina por la mañana y El Jeque de Arabia. Se hubiera dicho que estábamos bailando sobre la tumba de la coherencia social. Pero, si bien la escena era obviamente revolucionaria, ¿dónde está el nuevo día, el mundo futuro? La serie siguiente fue Lena, la de Palesteena, Porsiemprejamás soplando burbujas, Louisuille Lou, Sonrisas, y de nuevo El petirrojo rojo rojo. Esta última pieza de veras nos hace brincar, pero cuando la banda lanzó a pleno sus instrumentos vi que todos meneaban la cabeza con profunda desaprobación moral ante nuestras cabriolas. Millie regresó a su mesa, y yo permanecí de pie junto a la puerta, preguntándome por qué se me agita el corazón cuando veo que la gente abandona la pista de baile después de una serie; se agita lo mismo que se agita cuando veo mucha gente que se reúne y abandona una playa mientras la sombra del arrecife se extiende sobre el agua y la arena, se agita como si en esas amables partidas percibiese las energías y la irreflexión de la vida misma.

Pensé que el tiempo nos arrebata bruscamente los privilegios del espectador, y en definitiva esa pareja que charla de forma estridente en mal francés en el vestíbulo del Grande Bretagne (Atenas) somos nosotros mismos. Otro ocupó nuestro puesto detrás de las macetas de palmeras, nuestro lugar tranquilo en el bar, y expuestos a los ojos de todos, obligadamente miramos alrededor buscando otras líneas de observación. Lo que entonces deseaba identificar no era una sucesión de hechos sino una esencia, algo parecido a esa indescifrable colisión de contingencias que pueden provocar la exaltación o la desesperación. Lo que deseaba hacer era conferir, en un mundo tan incoherente, legitimidad a mis sueños. Nada de todo eso me agrió el humor y bailé, bebí y conté cuentos en el bar hasta cerca de la una, cuando volvimos a casa. Encendí el televisor y encontré un anuncio comercial que, como tantas otras cosas que había visto ese día, me pareció terriblemente divertido. Una joven con acento de internado preguntaba:

–¿Usted ofende con olor de abrigo de piel húmedo? Una capa de marta de cincuenta mil dólares sorprendida por la lluvia puede oler peor que un viejo sabueso que estuvo persiguiendo a un zorro a través de un pantano. Nada huele peor que el visón húmedo. Incluso una leve bruma consigue que el cordero, la mofeta, la civeta, la marta y otras pieles menos caras pero útiles parezcan tan malolientes como una leonera mal ventilada en un zoológico. Defiéndase de la vergüenza y el sentimiento de ansiedad mediante breves aplicaciones de Elixircol antes de usar sus pieles… –Esa mujer pertenecía al mundo del sueño, y así se lo dije antes de apagarla. Me dormí a la luz de la luna y soñé con una isla.

John Cheever. Geometría del Amor (pdf)

Nápoles, un fragmento de Malaparte.


Caminando por las estrechas calles del viejo Nápoles, me vino a la mente aquel fragmento del libro de Malaparte, “La Piel”,, donde habla de su visión de la Italia que continuaba perdiendo y siendo amable con los vencedores por aquellos tiempos de después de terminada la guerra en el 44.

No que me pareciera verosímil hoy en el 2008 la imagen de Malaparte, pero al ser como un sueño,como  una horrible visión fantasmagórica, los fantasmas del pasado tomaban miles de formas, con ellas se vestían para bailar con esa muerte, esa misma muerte que hoy ronda por las calles de Secondigliano, el reino de los Casalesi, el reino de la Camorra.

Curzio Malaparte escribe en su libro La Piel:

Jack y yo íbamos a menudo, con el capitán Jimmy Wren, de Cleveland, Ohio, a comer los taralli calientes,
recién salidos del horno, a una panadería del Pendino di Santa Barbara, esa larga y suave escalinata que del
Sedile di Porto trepa hacia el monasterio de Santa Chiara.
El Pendino es una callejuela lúgubre, no tanto por su angostura cortada como entre dos muros, verde de
moho, de antiguas y sórdidas casas, ni por la oscuridad que eternamente reina en ella, como por la extrañeza
de sus habitantes.
Famoso es en verdad el Pendino di Santa Barbara por la gran cantidad de mujeres enanas que viven en él.
Son seres pequeños, que llegan apenas a la altura de la rodilla de un hombre de estatura normal. Son repulsivas
y arrugadas, las enanas más feas que existen en el mundo. En España hay muchas enanas muy bellas, bien
proporcionadas de formas y líneas. Y he visto alguna en Inglaterra, verdaderamente bellísima, rosada y rubia,
casi una Venus en miniatura. Pero las enanas del Pendino di Santa Barbara son horrendas, y todas, aun las más
jóvenes, tienen el aspecto de antiquísimas viejas, tan envilecido tienen el rostro y tan rugosa la frente, tan
escasa y descolorida la enmarañada cabellera.
Lo que más maravilla en medio de aquel fétido callejón, en medio de aquella horrenda población de
enanas, es la belleza de los hombres; son altos, de ojos y cabello negros, y tienen nobles y lentos ademanes, la
voz es clara y sonora. No se ven hombres enanos en el Pendino di Santa Barbara; lo que induce a creer, o que
los enanos mueren en la cuna o que la brevedad de sus miembros es una monstruosa herencia que ha
correspondido solamente a las mujeres.


Estas enanas se pasan todo el día sentadas en el umbral del zaguán o acurrucadas sobre minúsculos
escabeles al lado de la puerta de sus antros, parloteando entre ellas con voz de rana. Su pequeñez se destaca
todavía más al lado de los muebles que llenan sus guaridas; canteranos, arcones, armarios inmensos y lechos
que parecen camastros de gigante. Para alcanzar estos muebles, se encaraman en las sillas, en los bancos, se
izan a fuerza de brazos ayudándose con los plafones de las altas camas de hierro. Y quien sube por vez
primera por el Pendino di Santa Barbara se cree Gulliver en el país de Liliput, o un cortesano de Madrid entre
los enanos de Velázquez. La frente de estas enanas está surcada por las mismas horrendas arrugas que excavan
la frente de las horribles viejas de Goya. No parezca arbitraria esta evocación, porque españolizado es el barrio
en el que viven todavía los recuerdos de la larga dominación castellana sobre Nápoles, y donde aún se advierte
un aire de la vieja España en las calles, callejones, casas, palacios, olores densos y empalagosos, voces
guturales, y en esos largos y musicales lamentos de la llamada y respuesta de balcón a balcón, y en el canto
ronco de los gramófonos en el fondo de los antros oscuros.
Los taralli son como unos roscones de pasta dulce, y la tahona que, situada a media escalinata del Pendino,
saca del horno cada hora los taralli olorosos y piñotada, es famosa en todo Nápoles. Cuando el panadero
hunde la larga pala de madera en la boca del horno ardiente, las enanas acuden tendiendo sus pequeñas manos,
oscuras y arrugadas como manos de mona, chillando fuerte con sus voces roncas, agarrando los delicados taralli, calientes y humeantes, y diseminándose luego por el callejón para depositar los taralli dentro de vasijas
de latón reluciente; después se sientan en el umbral, con la vasija sobre las rodillas, en espera del comprador
gritando: «Oh, li taralli! Oh li taralli belli cauril!» El olor de los taralli se esparce por todo el Pendino di
Santa Barbara, las enanas chillan y se ríen entre ellas. Y una, acaso joven, canta asomada a una ventana y es
como araña que asomase su cabeza peluda por una grieta del muro.
Las enanas calvas y desdentadas suben y bajan por los resbaladizos escalones, apoyándose en bastones, en
muletas, balanceándose sobre sus piernas cortas, levantando la rodilla hasta la barbilla para poder subir el
peldaño, y arrastrándose a gatas, gañiendo y babeando; parecen los engendros monstruosos de Breughel o de
Bosch, y un día Jack y yo vimos una sentada en el umbral de su tugurio con un perro enfermo en brazos. En
aquel regazo, entre aquellos brazuelos, el perro parecía un animal gigantesco, una fiera monstruosa. Acudió
una compañera y entre las dos, agarrando al animal una por las patas posteriores y la otra por la cabeza, lo
transportaron con gran fatiga dentro del tugurio, y daba la impresión de que transportaban un dinosaurio
herido.
Las voces que salen del fondo de aquellos antros son voces estridentes, guturales, y el lloro de las
horrendas chiquillas, minúsculas y arrugadas como viejas muñecas, parecían maullidos de gatitos moribundos.
Si se entra en uno de esos tugurios, se ve a esos gruesos escarabajos de enorme cabeza arrastrarse sobre el
pavimento, en la fétida penumbra, y hay que andarse con cuidado para no aplastarlos con la suela del zapato.
A veces veíamos a algunas de aquellas enanas subir las escaleras del Pendino conduciendo agarrados por el
borde de los pantalones a gigantescos soldados americanos, blancos o negros, de ojos infantiles, y empujarles
dentro de sus tugurios. (Los blancos, gracias a Dios estaban borrachos.) Yo me estremecía, imaginando los
extraños acoplamientos de aquellos hombres enormes con aquellas monstruosidades sobre los altos e inmensos
lechos.
Y le decía a Jimmy Wren:
—Me gusta ver que esas enanas y vuestros bellos soldados se quieren. ¿No te alegra a ti también, Jimmy?
—Naturalmente, me alegra a mí también — respondía Jimmy rabiosamente masticando el chewing-gum.
—¿Crees que se casarán?
—¿Por qué no? —respondía Jimmy.
—Jimmy es un buen muchacho — decía Jack —, pero no hay que provocarle. Se encoleriza en seguida.
—También yo soy un buen muchacho — decía yo— y me gusta pensar que habéis venido de América a
mejorar la raza italiana. Sin vosotros, esas pobres enanas hubieran permanecido solteras. Nosotros, pobres
italianos, solos no lo hubiéramos hecho. Menos mal que vosotros habéis venido de América a casaros con
algunas de nuestras enanas.
—Serás invitado al banquete de bodas —decía Jack—, tu pourras pronuncer un discours magnifique.
—Oui, Jack, un discours magnifique. Pero, ¿no crees, Jack —decía yo—, que las autoridades militares
aliadas deberían favorecer los matrimonios entre estas enanas y vuestros bellos soldados? Sería un gran bien
que vuestros soldados se casasen con esas enanitas. Sois una raza de hombres demasiado altos. América tiene
necesidad de situarse a nuestro nivel, don’t you think so, Jimmy?
—Yes, I think so —respondía Jimmy, mirándome de través.
—Sois demasiado altos — decía yo —, y demasiado bellos. Es inmoral que en el mundo exista una raza de
hombres tan altos, tan bellos, tan sanos. Me gustaría que todos los soldados americanos se casasen con esas
enanitas. Esas italian brides tendrían un éxito enorme en América. La ciudadanía necesita tener las piernas
más cortas.
—The hell with you —decía Jimmy escupiendo a tierra.
—Il va te caresser la figure, si tú insistes — decía Jack.
—Sí, ya lo sé. Jimmy es un buen muchacho — decía yo, riéndome por dentro.
Me dolía reír así. Pero hubiera sido feliz, verdaderamente feliz, si todos los soldados americanos hubiesen
regresado un día a América del brazo de todas las enanas de Nápoles, de Italia, de Europa.

Extracto de La piel de Curzio Malaparte.

Delta de Venus de Anais Nin. Extracto.


Escritos a principios de la década de 1940 por encargo de un excéntrico coleccionista de libros que insistía en pedir «menos poesía» y descripciones más explícitas en las escenas sexuales, los relatos de Delta de Venus no vieron la luz hasta los años setenta. Ambientados en torno al París de la época e hilados por la aparición recurrente de personajes comunes de distinta importancia según cada cuento, ofrecen una visión libre de las relaciones humanas, en la que el erotismo y el ansia de placer no excluyen la belleza, el sentimiento, la amistad y la búsqueda de la autenticidad.

El placer que experimentaba Mathilde acariciando a los hombres
era inmenso, y las manos de éstos se deslizaban sobre su cuerpo y lo
arrullaban de tal manera, tan regularmente, que raras veces la
acometía un orgasmo. Sólo adquiría conciencia de ello una vez se
habían marchado los hombres. Despertaba de sus sueños causados
por el opio, con el cuerpo aún no descansado.
Permanecía acostada limándose las uñas y aplicándose laca en
ellas, haciendo su refinada toilette para futuras ocasiones y
cepillándose el rubio cabello. Sentada al sol, y utilizando algodón
empapado en peróxido, se teñía el vello púbico del mismo color que el
cabello.
Abandonada a sí misma, la obsesionaban los recuerdos de las
manos sobre su cuerpo. Ahora, bajo su brazo, sentía una que se
deslizaba hacia su cintura. Se acordó de Martínez, de su manera de
abrirle el sexo como si fuera un capullo, de cómo los aleteos de su
rápida lengua cubrían la distancia que mediaba entre el vello púbico y
las nalgas, terminando en el hoyuelo al final de la espalda. ¡Cuánto
amaba él ese hoyuelo que le impulsaba a seguir con sus dedos y su
lengua la curva que se iniciaba más abajo y se desvanecía entre las
dos turgentes montañas de carne!
Pensando en Martínez, Mathilde se sintió invadida por la pasión. Y
no podía aguantar su regreso. Se miró las piernas. Por haber
permanecido demasiado tiempo sin salir, se habían blanqueado de manera
muy sugestiva, adquiriendo el tono blanco yeso del cutis de las
mujeres chinas, esa mórbida palidez de invernadero que gustaba a los
hombres de piel obscura, y en particular a los peruanos. Se miró el
vientre, impecable, sin una sola línea fuera de lugar. El vello púbico
relucía ahora al sol con reflejos rojos y dorados.

una foto hecha por Meredith Farmer a ver en Flickr

“¿Cómo me ve él?”, se preguntó. Se levantó y colocó un largo
espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla.
Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió lentamente
las piernas. La vista resultaba encantadora. El cutis era
perfecto, y la vulva rosada y plana. Mathilde pensó que era como la
hoja del árbol de la goma, con la secreta leche que la presión del dedo
podía hacer brotar y la fragante humedad que evocaba la de las
conchas marinas. Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel
salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo.

Extracto del cuento Mathilde en “Delta de Venus”. Cuentos eróticos.Anais Nin. Alianza Editorial.