Come, reza, ama. Elizabeth Gilbert


Después de bastante tiempo vuelvo ahora a compartir algunas cosas que espero interesaran a algunos de entre ustedes. Esperando contarles uno que otro viaje futuro y mostrarles algunas fotos, he pensado que poner en linea uno que otro texto de libros que me atrevo a recomendar podría hacer saltar la chispa de la intuición que a menudo nos lleva a interesarnos por este libro o por aquel, cuando nos encontramos en una librería sin saber que diablos podríamos leer. Comienzo aquí por Come,reza,ama, de Elizabeth Gilbert.

Nunca he tenido tan poco claro lo que voy a hacer en la vida como cuando llego a Bali. He hecho muchos viajes disparatados en mi vida, pero éste se lleva la palma. No sé dónde voy a vivir, no sé lo que voy a hacer, no sé a cuánto está el dólar aquí, no sé cómo funciona lo de los taxis en el aeropuerto… Por no saber, no sé adonde decirle al taxista que me lleve. No me espera nadie. En Indonesia no conozco a nadie; ni siquiera tengo los socorridos amigos de amigos. Y nada más llegar descubro que no hay nada peor que tener una guía vieja y, encima, no leerla. Resulta que no puedo pasarme cuatro meses en este país, como tenía pensado. Es lo primero que me dicen. Sólo me pueden dar un visado para turistas de un mes como mucho. Ni se me había pasado por la cabeza que el Gobierno indonesio no quisiera recibirme en su país durante todo el tiempo que me diera la gana.
Mientras el amable funcionario de la oficina de inmigración me sella el pasaporte, dándome permiso para pasar en Bali exactamente treinta días, le pido en mi tono más cordial si me da permiso para quedarme más tiempo, por favor.
—No —me dice con enorme cortesía, haciendo gala del célebre encanto balines.
—Es que tenía pensado estar tres o cuatro meses —le digo.
No me atrevo a contarle que se trata de una profecía, porque hace tres o cuatro meses un curandero entrado en años y posiblemente senil me predijo (durante una lectura de manos que no duró ni diez minutos) que iba a pasar en Indonesia tres o cuatro meses. La verdad es que no sé cómo explicarlo.
Pero ¿qué fue lo que me dijo el curandero ahora que lo pienso? ¿De verdad me dijo que iba a volver a Bali y pasarme tres o cuatro meses en su casa? ¿Seguro que me invitó a pasar una temporada en su casa? ¿O lo que quería es que me dejara caer si andaba por su barrio y le soltara diez pavos por leerme la mano otra vez? ¿Me dijo que iba a volver a Indonesia o que debería volver a Indonesia? ¿Me dijo «Hasta luego, cocodrilo» o «No pasaste de caimán»?
No he vuelto a saber nada del curandero desde aquella tarde. Pero tampoco hubiera podido ponerme en contacto con él. ¿Qué señas habría puesto en el sobre? ¿«Señor Curandero, Porche de su Casa, Bali, Indonesia»? No sé si sigue vivo o si ha muerto. Recuerdo que me pareció viejísimo hace dos años cuando lo conocí; desde entonces le puede haber pasado cualquier cosa. Lo único que tengo claro es su nombre —Ketut Liyer— y el vago recuerdo de que vive en un pueblo a las afueras de Ubud. Pero no tengo ni idea de cómo se llama el pueblo.
La verdad es que me tendría que haber pensado un poco mejor toda esta historia.

Dicho esto, seré sincera y confesaré que tres tardes metida en la librería local me bastan para descubrir que todas mis ideas sobre el paraíso balines eran equivocadas. Cuando conocí Bali hace dos años, me dio por contar que esta pequeña isla era la única verdadera utopía del mundo entero, un lugar que sólo conocía la paz, la armonía y el equilibrio desde el inicio de los tiempos. Un perfecto jardín del Edén sin ningún episodio de violencia ni derramamiento de sangre en toda su historia. No sé de dónde me había sacado aquella idea tan estupenda, pero la repetía totalmente convencida.
—Si hasta los policías llevan flores en el pelo —decía, como si eso fuese la máxima prueba.
Sin embargo, lo cierto es que Bali tiene una historia exactamente igual de sanguinaria y tiránica que todos los lugares de la Tierra donde hayan vivido seres humanos. Cuando los reyes javaneses emigraron aquí en el siglo xvi, lo que establecieron fue una colonia feudal con un estricto sistema de castas que —como todos los sistemas de castas que se precien— mostraba una escasa o nula consideración por los desfavorecidos. La economía de Bali se estableció sobre un lucrativo comercio de esclavos (que no sólo se adelantó varios siglos a la participación europea en el tráfico internacional de esclavos, sino que la sobrevivió ampliamente). En cuanto a la política local, la isla estaba sometida a los constantes enfrentamientos entre reyes rivales, que atacaban continuamente (con violaciones y asesinatos en masa) a sus vecinos. Hasta finales del siglo xix los balineses fueron temidos por los comerciantes y marinos, que los consideraban unos adversarios feroces. (La palabra amok, que usó Stefan Zweig como título de una de sus novelas, es una técnica bélica balinesa que consiste en enfrentarse salvaje y alocadamente al enemigo en un cuerpo a cuerpo sanguinario y suicida.) Con un disciplinado ejército de 30.000 soldados los balineses vencieron a sus invasores holandeses en 1848, de nuevo en 1849 y les dieron la puntilla en 1850. Sólo se dejaron vencer por los holandeses cuando los monarcas rivales de Bali rompieron filas y se traicionaron entre sí para lograr el poder, alineándose con el enemigo para conseguir provechosos acuerdos comerciales. Así que vender la historia actual de la isla como un sueño paradisiaco es distorsionar la realidad; no se puede decir que estas gentes se hayan pasado el último milenio tan campantes, sonriendo y cantando alegres canciones.

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Pero en las décadas de 1920 y 1930, cuando los viajeros occidentales más enterados descubrieron Bali, optaron por ignorar su pasado sanguinario y decidieron bautizarlo como «La isla de los dioses», donde «todos son artistas» y se vive en un estado de felicidad inmaculada. Este sueño idílico ha calado tan hondo que la mayoría de la gente que llega a Bali por primera vez (incluida yo) se lo tragan. «No le perdono a Dios que no me haya hecho balines», dijo el fotógrafo alemán George Krauser cuando visitó Bali en la década de 1930. Atraídos por esa belleza y serenidad sobrenatural de la que tanto les hablaban, los turistas más selectos también optaron por viajar a la isla, artistas como Walter Spies, escritores como Noel Coward, bailarinas como Claire Holt, actores como Charlie Chaplin e intelectuales como Margaret Mead (que, sin dejarse engañar por los pechos desnudos, describió sabia y certeramente la cultura balinesa como una sociedad tan remilgada como la Inglaterra victoriana: «No hay ni un gramo de atrevimiento en su sensualidad»).
La juerga acabó en la década de 1940, cuando el mundo entró en guerra. Los japoneses invadieron Indonesia y los felices expatriados tuvieron que huir de sus jardines balineses atendidos por sus bellos sirvientes. En la lucha por la independencia indonesia que se desencadenó tras la guerra Bali acabó tan dividida y devastada por la violencia como el resto del archipiélago y en la década de 1950 (según un estudio llamado Bali: el paraíso inventado) todo occidental que se atreviese a poner un pie en la isla tenía casi que dormir con una pistola bajo la almohada. En la década de 1960 la lucha por el poder convirtió Indonesia en un campo de batalla entre nacionalistas y comunistas. Tras el fallido golpe de Estado que hubo en Yakarta en 1965 llegaron a la isla tropas de soldados nacionalistas encargados de depurar a los balineses comunistas. En cosa de una semana, contando con la colaboración de la policía y las autoridades locales, las tropas nacionalistas dejaron un reguero de sangre en todas las aldeas de la isla. Al acabar la siniestra matanza, unos cien mil cadáveres se amontonaban en los hermosos ríos de Bali.
Fue en la década de 1960 cuando renació el sueño de un paraíso legendario, cuando el Gobierno indonesio decidió reinventarse Bali como «La isla de los dioses», eslogan de una gran campaña publicitaria que tuvo un éxito enorme en el mercado internacional. Los turistas que regresaron a Bali eran un grupo de intelectualoides (la isla nunca fue un bastión militar tampoco) a los que les interesaba la belleza artística y religiosa de la cultura balinesa. Se pasaron por alto los aspectos más tétricos de su historia. Y así hasta hoy.
Después de pasar varias tardes leyendo sobre este tema en la biblioteca local me quedo un poco desconcertada. Un momento, me digo a mí misma. ¿Para qué había venido yo a Bali? Para hallar el equilibrio entre el placer terrenal y la devoción espiritual, ¿no? Pero ¿estoy en el sitio adecuado? ¿Es verdad que los balineses llevan una vida más pacífica y equilibrada que nadie en el mundo? La verdad es que parecen equilibrados, eso sí, con tanto baile, oración y celebración y tanta belleza y tanta sonrisa, pero no acabas de saber muy bien qué hay detrás de todo eso. Es verdad que los policías llevan una flor en la oreja, pero Bali es un hervidero de corrupción, como el resto de Indonesia (el otro día lo pude comprobar cuando di a un funcionario uniformado varios centenares de dólares de dinero extraoficial para que me alargara ilegalmente la extensión del visado a cuatro meses). Los balineses viven, literalmente, de esa imagen que tenemos de ellos como las personas más pacíficas, místicas y artísticamente expresivas del mundo, pero ¿qué parte de la leyenda es verdad y qué parte forma parte de su economía nacional? ¿Cuánto puede llegar a saber una extranjera como yo sobre las tensiones ocultas que pueda haber tras esos «rostros relucientes»? Aquí pasa igual que en el resto del mundo. Si miras la imagen de cerca, las líneas se difuminan y se convierten en una masa ambigua de brochazos borrosos y píxeles entremezclados.
De momento lo único que puedo decir es que estoy encantada con la casa que he alquilado y que los balineses han sido amabilísimos conmigo, sin excepción. El arte y las ceremonias de este país me parecen hermosos y tonificantes, cosa en la que ellos parecen estar de acuerdo. Esa es mi experiencia de un lugar que probablemente sea mucho más complejo de lo que yo sospecho. Pero lo que los balineses tengan que hacer para mantener su equilibrio vital (y ganarse el pan) es cosa suya. Lo que yo he venido a hacer es trabajarme mi propio equilibrio interno y, de momento, me sigue pareciendo un entorno adecuado para conseguirlo.

Este libro me ha gustado por su sinceridad. En el encontré una chispa que fue generando durante la lectura un entusiasmo parecido a una alegría. No suelo leer libros que parezcan desde lejos o de cerca a la auto-ayuda. Soy amante de autores que han dejado su vida en las paginas de un libro, en su manera de construir un edificio que se aproxime un tanto a la vida en lo que tiene la vida de mas universal. Y sin embargo me parece que este libro que ademas no es una novela revela una experiencia y dibuja ciertos sueños que puede a muchos de nosotros. Hay también una llama de sensualidad femenina de la que muchos hombres deberían inspirarse para comprender a la mujer. Pero es sobre todo para seres con el corazón partido.

Elizabeth Gilbert.

Su primer libro, Pilgrims (Houghton-Mifflin 1997), una colección de historias cortas, recibió el premio Pushcart y fue finalista del PEN / Hemingway Award. Esto fue seguido por su novela Stern Men (Houghton-Mifflin, 2000), seleccionada por The New York Times como “Notable Book”.

En 2006 publicó Eat, Pray, Love: One Woman’s Search for Everything Across Italy, India e Indonesia con la editorial Viking, una crónica anual de la autora acerca de la exploración espiritual y personal, realizada mientras viajaba por el extranjero. El libro estaba en la lista del New York Times Best Seller de no-ficción en la primavera de 2006, y en octubre de 2008, después de 88 semanas, el libro todavía estaba en el puesto número 2. Posteriormente apareció en el Oprah Winfrey Show. Los derechos del libro han sido adquiridos por Columbia Pictures, y se programó la filmación del mismo, con Julia Roberts como actriz protagónica. La película, Come, reza, ama en español, se estrenó en agosto de 2010 con una aceptación variante.

El año 2013 escribió The Signature of All Things, es español La firma de todas las cosas. Alcanzando el puesto número 5 de los 10 mejores libros de ficción del año 2013 según la revista Times.

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