Gombrowicz, extracto página: 57-58


img_art_10853_3138La crisis intelectual que estamos atravesando no debemos achacarla necesariamente a la desconfianza hacia la fuerza de la razón, sino más bien al hecho de que su radio de acción sea tan insignificante. Hemos observado con horror que estamos rodeados por una infinitud de mentes oscuras, que roban nuestras verdades para distorsionarlas, disminuirlas, transformarlas en instrumentos de sus pasiones; y hemos descubierto que la cantidad de esa gente es más decisiva que la calidad de las verdades. De ahí nuestra ansiosa necesidad de un lenguaje tan sencillo y elemental que pueda servirte de lugar de encuentro del filósofo con el analfabeto. De ahí nuestra admiración por el cristianismo que constituye una sabiduría calculada para todas las mentes, un canto para todas voces desde las más altas hasta las más bajas, una sabiduría que no tiene porque convertirse en estupidez en ninguno de los niveles de la conciencia. Pero si alguien me dijera que a pesar de eso no puede existir ningún verdaderamente entendimiento  entre un hombre espiritualmente libre y un hombre dogmático, le contestaría: Observad mejor a los católicos. Ellos también existen en el tiempo y están sometidos a su influencia. De una forma imperceptible y lenta, la actitud del católico ante la fe va cambiando. En cuántos de ellos podéis leer lo mismo que yo he leído  en la carta de la que hablábamos al principio: hay que creer que hay que creer. Hay que tener fe en la fe.

No debería nunca olvidar que las fes contemporáneas, hasta en sus manifestaciones más violentas, ya no son la fe en el antiguo sentido de la palabra. Los que quieren creer difieren mucho entre los que creen. El énfasis puesto por los tiempos contemporáneos en la creación de la fe demuestra precisamente que la fe sin más ya no existe. Independientemente de cual sea nuestro credo, todos debemos trasladarnos desde el mundo revelado, ya hecho, al mundo que se está creando; si esto no ocurre, desaparecerá la última posibilidad de entendimiento.

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About Hugo Orell

Soy americano del sur. Formo parte de una cultura que se asienta en Europa, aunque se desliza hacia los Estados Unidos estos últimos 40 años. En mi país la influencia del modo de vida de la primera mitad del siglo pasado, es europea. Mis antepasados traen a Chile desde España arte culinario, tertulias, arquitectura y moda. Francia es un país soñado por toda la aristocracia chilena de la época. Los chilenos crean la leyenda de “Chile: Suiza de américa del sur“. Una literatura germánica me hace soñar con un territorio ideal que estaría situado en la zona de la Baviera del sur alemán, con ciudades medievales, donde sabios artesanos contribuyen a crear la riqueza del modo de vida de las clases burguesas europeas. Ciudades como Brujas, Salzburgo, Estrasburgo, Amsterdam, me hacen soñar con sus astrónomos, pintores, conventos y catedrales. Quizás la influencia de mis lecturas de adolescencia, donde Herman Hesse juega el primer papel. El destino hace que sintiéndome profundamente chileno, y habiendo participado activamente en la aventura liberadora del proceso popular chileno, en la época de Salvador Allende y de la Unidad Popular, me encuentro viviendo desde hace mas de 30 años en Europa.

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