“Pais de sombras” de Peter Matthiessen. Otro extracto.


Mamie Smallwood.

Después de aquel asunto tan feo del Cayo del Lost Man, habíamos oído a muchos decir que si Ed Watson se atrevía a volver a asomar las narices por aquí los hombres lo detendrían y se lo entregarían el shérif del condado de Monroe y que si presentaba la mínima resistencia le atarían de manos y pies.
Me imagino que el señor Watson también lo sabía, porque las primeras veces que había regresado, se había mantenido lejos de Chocoloskee; hacía breves paradas en Chatham Bend y se iba todavía más deprisa después de quemar su plantación de cañas. Aunque nunca nos enteramos de que había estado allí hasta después de que se marchara, nos fuimos acostumbrando a la idea de que acabaría regresando.


Tengo que decir que yo admiraba el valor de aquel hombre. Acabó desafiando a aquellos que decían que nunca se atrevería a regresar y que iba a tener que venderse la casa y el título de propiedad y su factoría de sirope de caña. Resultó que había estado volviendo todos los años y atendiendo su negocio todo aquel tiempo; hasta había visto al agrimensor del condado de Lee para tener la plena propiedad de sus tierras.
Hizo venir un carpintero para que le construyera un porche para la fachada y le dio a la casa una capa nueva de pintura blanca, no de cal, eh ? De pintura al óleo de la buena. Pero por alguna razón el carpintero murió en las tierras de Watson y empezaron a volar de nuevo los rumores negativos, y antes de que supiéramos nada, Watson se había ido.

Como al año siguiente no apareció para nada, dio la impresión de que ya no lo íbamos a ver más. Los hombres sacaron la conclusión de que había huido después de matar al carpintero, que se sumaba al Francés y a los Tucker y probablemente a Guy Bradley, el joven guardabosques. Se empezó hablar otra vez de lincharlo, y hubo gente como Charlie Johnson y aquel chaval, Earl Harden, que se pusieron en un plan feroz.

Bueno, pues ahora tenían la oportunidad: el villano acababa de caer en sus garras, pero de repente nadie parecía recordar nada de aquel linchamiento. Aquellos mismos tontos se empujaban para mirar cuando Ed Watson saltó a la orilla, se morían de ganas de acercarse y estrecharle la mano. Ni un sólo hombre se quedó atrás cuando le llegó el turno de mostrar lo muy presente que tenía al señor Watson, y de bromear y armar jarana con aquel vecino al que tanto echaban de menos.
-Caray, pues un motor Palmer de un cilindro, Charlie T., ! y va como una seda!.
Y todos se pusieron a guiñar el ojo y a asentir con la cabeza como si todo el mundo salvo Charlie hubiera sabido que el motor era un Palmer en cuanto lo habían oído hacer pop-pop- pop-pop por el Paso. Charlie y Ethel Bogess eran muy buenos amigos nuestros, se habían casado en el 97, igual que nosotros, pero ahora él se estaba comportando como un idiota de remate delante del señor Watson, y algunos de los demás eran todavía peores. Lo más probable es que luego les dijeran a sus esposas:
-Bueno, los Tucker no eran más que patanes, ya sabes. Unos asquerosos de Cayo Hueso. Lo más seguro es que se lo tuvieran merecido.

También estaba presente el joven Earl Harden, el mismo que había querido linchar a E.J. hacía unos años. Uno de los jóvenes Daniels se había tomado unas copas aquel día y le había dicho a aquel chico Harden:
-A ti no te corresponde decir nada de linchar a un maldito hombre blanco!

Oh!, menuda bronca tuvieron aquellos dos detras de nuestra tienda! Y mira por dónde, ahí estaba ahora Earl Harden, boquiabierto igual que los demás y sonriendo como si le fuera la vida en ello.
El único hombre con que se quedó un poco apartado fue el mayor de mis hermanos, que se pasaría la vida entera cavilando sobre E. J. Watson. Bill nunca dejó de trabajar el tiempo suficiente para conseguir ningúna educación de ninguna clase, pero cuando se trataba de juzgar a la gente tenía más sentido común que la mayoría. A menudo había hablado con Henry Short, que había ayudado a aquellos jóvenes mulatos a enterrar a las Tucker, y aunque Henry nunca acusaría de forma explícita a un hombre blanco, a Bill no le quedo duda de que era E. J. Watson quien los había matado.

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About Hugo Orell

Soy americano del sur. Formo parte de una cultura que se asienta en Europa, aunque se desliza hacia los Estados Unidos estos últimos 40 años. En mi país la influencia del modo de vida de la primera mitad del siglo pasado, es europea. Mis antepasados traen a Chile desde España arte culinario, tertulias, arquitectura y moda. Francia es un país soñado por toda la aristocracia chilena de la época. Los chilenos crean la leyenda de “Chile: Suiza de américa del sur“. Una literatura germánica me hace soñar con un territorio ideal que estaría situado en la zona de la Baviera del sur alemán, con ciudades medievales, donde sabios artesanos contribuyen a crear la riqueza del modo de vida de las clases burguesas europeas. Ciudades como Brujas, Salzburgo, Estrasburgo, Amsterdam, me hacen soñar con sus astrónomos, pintores, conventos y catedrales. Quizás la influencia de mis lecturas de adolescencia, donde Herman Hesse juega el primer papel. El destino hace que sintiéndome profundamente chileno, y habiendo participado activamente en la aventura liberadora del proceso popular chileno, en la época de Salvador Allende y de la Unidad Popular, me encuentro viviendo desde hace mas de 30 años en Europa.

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