Un escapada en el bosque nevado.


He tenido dos semanas de vacaciones de fin de año y sin embargo no demasiada disponibilidad para largarme a hacer fotos. Primero porque mi hija de 8 años gozaba también de días libres y se aburre de tener que esperar a papá para que afine sus ajustes ( estoy amaestrando una nueva Nikon D300) y termine de encuadrar. A estas alturas ella ha hecho 20 fotos con su pequeña Coolpix.

El otro factor ha sido el tiempo sin hablar de los preparativos culinarios de las pasadas fiestas navideñas.
Al tiempo meteorológico me refiero. Las previsiones los últimos días han pronosticado todo salvo el tiempo “real”.
Ayer se suponía tendríamos un par de días de sol, después de una serie de días en que la nieve y el frío se abatieron con furia sobre Europa.

Cargué mi mochila de provisiones contra el frío, amarré mis raquetas a ella y me fui a tomar el tren que me dejaría en medio del bosque jurásico a menos de una hora de Ginebra.
Mi decepción aumentaba a medida que el paisaje defilaba, y que el tren avanzaba entre pueblos nevados en los contrafuertes de la cadena del Jura suizo.
Las chimeneas humeaban en las aldeas, y la neblina era tan espesa que aun cargando con un GPS, el paseo se haría impracticable.
Faltando doscientos para llegar a mi destino a La Givrine, el cielo comenzó a mostrar un gris cada vez mas azulado y cada vez menos gris. Y lo maravilloso se produjo al bajar del tren.

Me dije que si no hacia una foto de aquello aunque fuera con mi iPhone, el mismo con el que escribo estas líneas no habría otra foto en el resto del día. Esta son la fotos del paseo.

Fue corto porque mi estado físico es deplorable y porque había que ir a buscar mi hija a la salida de la escuela.
El placer fue intenso y en la soledad de la montaña, frente a una belleza que sobrecoge, me puse a pensar que si bien hay guerras y sufrimiento en este mundo, hay momentos que fortalezen el corazón. Se pueden encontrar a una hora de nuestro cotidiano.

La Givrine, Jura suizo. Enero

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About Hugo Orell

Soy americano del sur. Formo parte de una cultura que se asienta en Europa, aunque se desliza hacia los Estados Unidos estos últimos 40 años. En mi país la influencia del modo de vida de la primera mitad del siglo pasado, es europea. Mis antepasados traen a Chile desde España arte culinario, tertulias, arquitectura y moda. Francia es un país soñado por toda la aristocracia chilena de la época. Los chilenos crean la leyenda de “Chile: Suiza de américa del sur“. Una literatura germánica me hace soñar con un territorio ideal que estaría situado en la zona de la Baviera del sur alemán, con ciudades medievales, donde sabios artesanos contribuyen a crear la riqueza del modo de vida de las clases burguesas europeas. Ciudades como Brujas, Salzburgo, Estrasburgo, Amsterdam, me hacen soñar con sus astrónomos, pintores, conventos y catedrales. Quizás la influencia de mis lecturas de adolescencia, donde Herman Hesse juega el primer papel. El destino hace que sintiéndome profundamente chileno, y habiendo participado activamente en la aventura liberadora del proceso popular chileno, en la época de Salvador Allende y de la Unidad Popular, me encuentro viviendo desde hace mas de 30 años en Europa.

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