Nápoles, un fragmento de Malaparte.


Caminando por las estrechas calles del viejo Nápoles, me vino a la mente aquel fragmento del libro de Malaparte, “La Piel”,, donde habla de su visión de la Italia que continuaba perdiendo y siendo amable con los vencedores por aquellos tiempos de después de terminada la guerra en el 44.

No que me pareciera verosímil hoy en el 2008 la imagen de Malaparte, pero al ser como un sueño,como  una horrible visión fantasmagórica, los fantasmas del pasado tomaban miles de formas, con ellas se vestían para bailar con esa muerte, esa misma muerte que hoy ronda por las calles de Secondigliano, el reino de los Casalesi, el reino de la Camorra.

Curzio Malaparte escribe en su libro La Piel:

Jack y yo íbamos a menudo, con el capitán Jimmy Wren, de Cleveland, Ohio, a comer los taralli calientes,
recién salidos del horno, a una panadería del Pendino di Santa Barbara, esa larga y suave escalinata que del
Sedile di Porto trepa hacia el monasterio de Santa Chiara.
El Pendino es una callejuela lúgubre, no tanto por su angostura cortada como entre dos muros, verde de
moho, de antiguas y sórdidas casas, ni por la oscuridad que eternamente reina en ella, como por la extrañeza
de sus habitantes.
Famoso es en verdad el Pendino di Santa Barbara por la gran cantidad de mujeres enanas que viven en él.
Son seres pequeños, que llegan apenas a la altura de la rodilla de un hombre de estatura normal. Son repulsivas
y arrugadas, las enanas más feas que existen en el mundo. En España hay muchas enanas muy bellas, bien
proporcionadas de formas y líneas. Y he visto alguna en Inglaterra, verdaderamente bellísima, rosada y rubia,
casi una Venus en miniatura. Pero las enanas del Pendino di Santa Barbara son horrendas, y todas, aun las más
jóvenes, tienen el aspecto de antiquísimas viejas, tan envilecido tienen el rostro y tan rugosa la frente, tan
escasa y descolorida la enmarañada cabellera.
Lo que más maravilla en medio de aquel fétido callejón, en medio de aquella horrenda población de
enanas, es la belleza de los hombres; son altos, de ojos y cabello negros, y tienen nobles y lentos ademanes, la
voz es clara y sonora. No se ven hombres enanos en el Pendino di Santa Barbara; lo que induce a creer, o que
los enanos mueren en la cuna o que la brevedad de sus miembros es una monstruosa herencia que ha
correspondido solamente a las mujeres.


Estas enanas se pasan todo el día sentadas en el umbral del zaguán o acurrucadas sobre minúsculos
escabeles al lado de la puerta de sus antros, parloteando entre ellas con voz de rana. Su pequeñez se destaca
todavía más al lado de los muebles que llenan sus guaridas; canteranos, arcones, armarios inmensos y lechos
que parecen camastros de gigante. Para alcanzar estos muebles, se encaraman en las sillas, en los bancos, se
izan a fuerza de brazos ayudándose con los plafones de las altas camas de hierro. Y quien sube por vez
primera por el Pendino di Santa Barbara se cree Gulliver en el país de Liliput, o un cortesano de Madrid entre
los enanos de Velázquez. La frente de estas enanas está surcada por las mismas horrendas arrugas que excavan
la frente de las horribles viejas de Goya. No parezca arbitraria esta evocación, porque españolizado es el barrio
en el que viven todavía los recuerdos de la larga dominación castellana sobre Nápoles, y donde aún se advierte
un aire de la vieja España en las calles, callejones, casas, palacios, olores densos y empalagosos, voces
guturales, y en esos largos y musicales lamentos de la llamada y respuesta de balcón a balcón, y en el canto
ronco de los gramófonos en el fondo de los antros oscuros.
Los taralli son como unos roscones de pasta dulce, y la tahona que, situada a media escalinata del Pendino,
saca del horno cada hora los taralli olorosos y piñotada, es famosa en todo Nápoles. Cuando el panadero
hunde la larga pala de madera en la boca del horno ardiente, las enanas acuden tendiendo sus pequeñas manos,
oscuras y arrugadas como manos de mona, chillando fuerte con sus voces roncas, agarrando los delicados taralli, calientes y humeantes, y diseminándose luego por el callejón para depositar los taralli dentro de vasijas
de latón reluciente; después se sientan en el umbral, con la vasija sobre las rodillas, en espera del comprador
gritando: «Oh, li taralli! Oh li taralli belli cauril!» El olor de los taralli se esparce por todo el Pendino di
Santa Barbara, las enanas chillan y se ríen entre ellas. Y una, acaso joven, canta asomada a una ventana y es
como araña que asomase su cabeza peluda por una grieta del muro.
Las enanas calvas y desdentadas suben y bajan por los resbaladizos escalones, apoyándose en bastones, en
muletas, balanceándose sobre sus piernas cortas, levantando la rodilla hasta la barbilla para poder subir el
peldaño, y arrastrándose a gatas, gañiendo y babeando; parecen los engendros monstruosos de Breughel o de
Bosch, y un día Jack y yo vimos una sentada en el umbral de su tugurio con un perro enfermo en brazos. En
aquel regazo, entre aquellos brazuelos, el perro parecía un animal gigantesco, una fiera monstruosa. Acudió
una compañera y entre las dos, agarrando al animal una por las patas posteriores y la otra por la cabeza, lo
transportaron con gran fatiga dentro del tugurio, y daba la impresión de que transportaban un dinosaurio
herido.
Las voces que salen del fondo de aquellos antros son voces estridentes, guturales, y el lloro de las
horrendas chiquillas, minúsculas y arrugadas como viejas muñecas, parecían maullidos de gatitos moribundos.
Si se entra en uno de esos tugurios, se ve a esos gruesos escarabajos de enorme cabeza arrastrarse sobre el
pavimento, en la fétida penumbra, y hay que andarse con cuidado para no aplastarlos con la suela del zapato.
A veces veíamos a algunas de aquellas enanas subir las escaleras del Pendino conduciendo agarrados por el
borde de los pantalones a gigantescos soldados americanos, blancos o negros, de ojos infantiles, y empujarles
dentro de sus tugurios. (Los blancos, gracias a Dios estaban borrachos.) Yo me estremecía, imaginando los
extraños acoplamientos de aquellos hombres enormes con aquellas monstruosidades sobre los altos e inmensos
lechos.
Y le decía a Jimmy Wren:
—Me gusta ver que esas enanas y vuestros bellos soldados se quieren. ¿No te alegra a ti también, Jimmy?
—Naturalmente, me alegra a mí también — respondía Jimmy rabiosamente masticando el chewing-gum.
—¿Crees que se casarán?
—¿Por qué no? —respondía Jimmy.
—Jimmy es un buen muchacho — decía Jack —, pero no hay que provocarle. Se encoleriza en seguida.
—También yo soy un buen muchacho — decía yo— y me gusta pensar que habéis venido de América a
mejorar la raza italiana. Sin vosotros, esas pobres enanas hubieran permanecido solteras. Nosotros, pobres
italianos, solos no lo hubiéramos hecho. Menos mal que vosotros habéis venido de América a casaros con
algunas de nuestras enanas.
—Serás invitado al banquete de bodas —decía Jack—, tu pourras pronuncer un discours magnifique.
—Oui, Jack, un discours magnifique. Pero, ¿no crees, Jack —decía yo—, que las autoridades militares
aliadas deberían favorecer los matrimonios entre estas enanas y vuestros bellos soldados? Sería un gran bien
que vuestros soldados se casasen con esas enanitas. Sois una raza de hombres demasiado altos. América tiene
necesidad de situarse a nuestro nivel, don’t you think so, Jimmy?
—Yes, I think so —respondía Jimmy, mirándome de través.
—Sois demasiado altos — decía yo —, y demasiado bellos. Es inmoral que en el mundo exista una raza de
hombres tan altos, tan bellos, tan sanos. Me gustaría que todos los soldados americanos se casasen con esas
enanitas. Esas italian brides tendrían un éxito enorme en América. La ciudadanía necesita tener las piernas
más cortas.
—The hell with you —decía Jimmy escupiendo a tierra.
—Il va te caresser la figure, si tú insistes — decía Jack.
—Sí, ya lo sé. Jimmy es un buen muchacho — decía yo, riéndome por dentro.
Me dolía reír así. Pero hubiera sido feliz, verdaderamente feliz, si todos los soldados americanos hubiesen
regresado un día a América del brazo de todas las enanas de Nápoles, de Italia, de Europa.

Extracto de La piel de Curzio Malaparte.

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About Hugo Orell

Soy americano del sur. Formo parte de una cultura que se asienta en Europa, aunque se desliza hacia los Estados Unidos estos últimos 40 años. En mi país la influencia del modo de vida de la primera mitad del siglo pasado, es europea. Mis antepasados traen a Chile desde España arte culinario, tertulias, arquitectura y moda. Francia es un país soñado por toda la aristocracia chilena de la época. Los chilenos crean la leyenda de “Chile: Suiza de américa del sur“. Una literatura germánica me hace soñar con un territorio ideal que estaría situado en la zona de la Baviera del sur alemán, con ciudades medievales, donde sabios artesanos contribuyen a crear la riqueza del modo de vida de las clases burguesas europeas. Ciudades como Brujas, Salzburgo, Estrasburgo, Amsterdam, me hacen soñar con sus astrónomos, pintores, conventos y catedrales. Quizás la influencia de mis lecturas de adolescencia, donde Herman Hesse juega el primer papel. El destino hace que sintiéndome profundamente chileno, y habiendo participado activamente en la aventura liberadora del proceso popular chileno, en la época de Salvador Allende y de la Unidad Popular, me encuentro viviendo desde hace mas de 30 años en Europa.

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