Entrevista a Martin Amis.


Por Analia Hounie

Frente al número 5 de Regent’s Park Road, bajo un cielo londinense impecablemente gris, una negación absoluta de la idea de color, se erige la magnífica casa de cuatro plantas de Martin Amis. Pronto sonará el timbre y aparecerá en el rellano el escritor consagrado con su camisa planchada y sus zapatos lustrados, sus ojos azules y su humor negro. “Un humor de marihuana”, desliza riendo. “Pero no escribo drogado, sólo tomo apuntes. La marihuana es buena para la imaginación y el ojo, pero no es buena para la forma.”

Amis tiene una expresión amable y también maliciosa, con cierto matiz conspirativo en su sonriente prótesis dental (pregunta: ¿cuál de estos tres célebres estilistas, James Joyce, Vladimir Nabokov y Martin Amis, hubo de soportar la catastrófica pérdida de su dentadura entre el comienzo y la mitad de la cuarentena? Respuesta: los tres). Es bajo. Cuando era más joven y aún más bajo tuvo una novia que medía un metro ochenta y cinco. Tenían un acuerdo tácito: jamás estaban de pie al mismo tiempo. Y jamás salían juntos. “Aparte de eso, fue una relación bastante normal”, comenta mientras atravesamos la cocina –donde su mujer, la uruguaya Isabel Fonseca, supervisa la cocción de un pollo al spiedo antes de dar la pincelada final a su segundo libro– hasta llegar a su escritorio al fondo del jardín.

—Lo único que sé decir en español es: no sé hablar español –dice Amis después de servir vino blanco y enrollar un cigarrillo, el primero de una larga lista. E inmediatamente, en inglés–: ¿Están listas las preguntas?

—¿No se es demasiado joven a los 50 años para escribir una autobiografía como “Experiencia”?

—Bueno, hay ejemplos de autores que lo han hecho bastante tempranamente. Ahora estoy escribiendo una novela autobiográfica, The Pregnant Widow. El título viene de la figura rusa de Alexander Herzen. Dice que cuando hay una revolución, sea política, social, cultural o sexual, uno debería estar complacido cuando el viejo orden se va, el padre está muerto y el nuevo orden llega. Pero lo que te queda después de la revolución no es un chico, lo que te queda es una viuda embarazada. Es una gran idea. La vida y la muerte, todo al mismo tiempo. A diferencia de Experiencia, esta novela gira más en torno a mi vida amorosa. No podés hacerlo sino en la ficción. Si no, es asqueroso. Aunque hay gente real. Algunas de las chicas están ahí. Saul Bellow y Philip Roth están ahí. Mi padre aparece también.

—Desde “El libro de Rachel” siempre aparece la figura del escritor en sus novelas.

—Es cierto. En ésta también, sólo que no es un novelista, es un poeta. También hay un crítico literario. Pero no son como yo. No son mi tipo de escritor. El más cercano a mí es Richard Tull.

—¿Sigue creyendo que la novela del siglo XX, desde Roth hasta Ballard, ha fluctuado a la “autobiografía de alto nivel”?

—No, en realidad siento que es algo pasado de moda. Roth y Bellow alcanzaron ese pico que data de los 70 y los 80. También mi padre estaba muy cerca de la ficción autobiográfica. Pero no era una moda, era una cosa realmente profunda. Los novelistas escribían desde su propio punto de vista, como si no confiaran en ninguna otra voz, ni en ninguna otra vida, sino en la propia. No sé por qué comenzó en ese período, pero definitivamente no fue sólo en Inglaterra o en América. En el mundo de habla inglesa se sentía una desconfianza por la fantasía histórica después de toda la literatura experimental. Era sólo la vuelta a lo básico, al ego, a uno mismo, porque es lo único en lo que se puede confiar. Luego la gente se interesó menos en su propia experiencia y se volvió más aventurada, más juguetona otra vez. Es difícil decir lo que está sucediendo actualmente… Estas cosas nunca son muy claras hasta que pasan diez años.

—¿Por qué narró la historia de su vida en términos de experiencia? ¿Es posible confiar en la experiencia en un mundo que se está volviendo cada vez más mediatizado?

—Cuando usé la palabra experiencia, lo hice en el sentido opuesto a inocencia. Hay una antología de William Blake llamada Canciones de inocencia y de experiencia. El mundo de la inocencia se refiere al tiempo antes de la Caída, antes de que Eva comiera la manzana, cuando “la tierra yacía en la tierra y la rosa crecía sin espinas”. Los poemas Canciones de experiencia no son sobre el infierno, sino sobre el mundo caído. Eso es lo que un lector inglés entendería como el mundo de la experiencia. Pero, ¿le parece que la palabra se está usando en un tono vulgar, más general?

—Convengamos que hay una desconfianza generalizada de la categoría de experiencia.

—Sí, por eso se la siente pasada de moda. En mi clase en Manchester, donde enseño escritura creativa, estamos leyendo Herzog y Humboldt’s Gift, de Bellow. Ambas novelas estuvieron como best sellers por meses. Herzog es tan difícil, tan elevado, monográfico y filosófico, sin siquiera un pequeño hilo de acción. Es un material cautivante sobre el divorcio y la traición. El resto del tiempo se la pasa hablando del universo. Es maravilloso, pero no creo que pudiera existir un público que lo apoyara hoy en día.

—¿Por su lentitud?

—Sí. En los últimos veinte, treinta años, la historia se aceleró como una montaña rusa y el novelista respondió a eso. La novela es rápida, hay más confianza, más momentum. Por eso la poesía se vuelve tan extraña, tan difícil de leer. Porque el mundo de la poesía detiene el reloj. Y la situación política, completamente loca. La describo como un conflicto moral que ha tenido lugar desde 2001.

—Mencionó a Saul Bellow antes. Siempre ha mantenido que él y Nabokov son los dos novelistas del siglo…

—De la segunda mitad del siglo.

–¿Qué ha aprendido de sus héroes literarios?

—Se les puede robar un poco, se puede encontrar inspiración en ellos, pero no se pueden copiar. Se puede sentir su influencia, que es un lindo sentimiento. Saul es un amigo. Y entrevisté en Suiza a la esposa de Nabokov después de su muerte. Es muy encantadora. Llegué a su cabaña alrededor de las diez de la mañana y me dijo: “¿Qué quiere? ¿Vodka, gin, whisky?”. Como lector, siento un gran amor por Nabokov, un fanático de las palabras. Saul es más sentimientos.

—¿Cree que a Nabokov le hubiera gustado “Koba el temible”? ¿No lo consideraría demasiado comprometido políticamente?

—Nabokov mantuvo una larga correspondencia con Edmund Wilson. Hay un libro entero donde discuten como locos acerca de la Revolución Rusa. Wilson era uno de los más importantes intelectuales de Occidente y era muy, muy indulgente con la Revolución Rusa; y Nabokov le escribe una carta maravillosa donde dice: “Esto es algo que sé que es cierto, el glamour de la revolución bolchevique, la idea de que es cercana al arte. Es más que una idea, estos hombres están liderando un país con un poeta a un lado y un pintor al otro. Esta es sólo una máscara para una interminable pesadilla de terror”. Esto es al principio de los años 40. Nabokov se fue de Rusia en 1917, a los diecisiete años. En los 30, pasó por el boicot a los negocios judíos en Berlín. Luego tomó su último barco en Francia. Los franceses entregaron 60 mil judíos a los nazis, tan fácilmente los barrieron. Por eso él sabe de lo que habla cuando se refiere al terror y después describe el régimen del zar como un régimen asqueroso y grotesco.

—La pregunta que surge de “Koba el temible” es: ¿por qué lo escribió cuando hoy todos sabemos del terror stalinista? ¿No está tratando de predicar a los conversos?

—Sí, hasta cierto punto. Pero en realidad uno no lo piensa. Pensás que tenés algo que decir. Lo más fascinante es el tiempo que le llevó a Occidente ver la verdad acerca de Rusia y la Unión Soviética. Y no fueron sólo los intelectuales, sino también los sociólogos, los políticos, los hombres de negocios, que no lo veían porque no querían. Mi padre fue comunista antes de convertirse en anticomunista y había algunas preguntas interesantes de padre e hijo. ¿Cuál es la diferencia entre él y yo? Los personajes. Algunas personas son ideólogos. La ideología, como la religión, son destructivas. Una ideología extrema, una que rebaja los valores de la vida de la gente, eso es lo que hace la revolución. Dos o tres ideologías fanáticas: socialismo, nazismo, marxismo. Lo veo así: la religión es la heroína y la ideología es el método para sacarlos de la religión. Ahora estamos volviendo a la religión, sólo que enfrentamos ideología dentro de una religión. Es una doble fuerza, demasiado ponzoñosa, demasiado corrosiva. En Inglaterra nos cuesta condenarlo. Es una sociedad masoquista.

—Volviendo a “Experiencia”, es curioso que contra la crítica de hoy en día a la opresión patriarcal, usted elija honrar a Kingsley. No lo ve como una amenaza sino como una sombra protectora.

—No, no fue una amenaza para mí. Uno es amenazado por el hijo, no por el padre. Ciertamente, él se sintió amenazado por mí. Una vez lo vi en televisión. Al final de la entrevista, el periodista le dijo que debía ser sorprendente tener un hijo así. Kingsley lanzó una carcajada y perdió su buen ánimo. El quería toda la atención. Hay una famosa anécdota de cuando sale de un auto, hay mucha gente, esto es en los Estados Unidos, en 1929. El y su comitiva entraron rápidamente en un restaurante a la vera de la carretera. Kingsley se frota las manos y dice: “Quiero incluso la parte correspondiente de mi chef antes de que nadie coma nada”. Dulcemente infantil. Yo no soy así para nada.

Cuenta Amis que su próximo libro será una compilación de sus ensayos políticos publicados a partir del 11 de septiembre. ¿Su título? The Second Plane. “No soy el crítico literario pesado, no soy del tipo que hablaría de Shakespeare. Sí de escribir ensayos y críticas, y sé hasta dónde puedo llegar”.

—¿Todo novelista tiene un parlamento acerca del 11 de septiembre?

—Hay un cuento muy bueno de Kafka de una ratona que canta ópera. Se enferma y, cuando regresa, miles de ratones van a escucharla cantar. Ella empieza y un ratón del público le dice a otro: “¡Cantar! Ni siquiera puede chillar”. Eso pasa con todos los novelistas. No podés cantar, apenas chillar sobre el 11 de septiembre. Si sos occidental y racional, lo primero que decís es que debe haber una razón. Pero no es tan así. Decís que es un culto a la muerte y debemos reconocerlo. Es misógino, homofóbico, racista, imperialista, totalitario, inquisitorial y genocida. No podés identificar al enemigo cuando tiene esas características. Ciertamente, conmigo lo hicieron (ríe).

—¿Por qué sus novelas suscitan una actitud tan corrosiva en los medios de comunicación? Por “Dinero” fue acusado de machista, por “Campos de Londres” de misógino, por “La flecha del tiempo” de antisemita…

—Porque mis novelas, en especial las últimas, La información y Perro callejero, tienen una activa cultura de la PC. La gente que hace críticas de mis trabajos es toda de una cierta edad, aproximadamente diez años menor que yo. Cuando son jóvenes, desearían ser yo. Cuando no podés ser la otra persona, entonces la matás.

—¿Reconoce su influencia en la nueva generación de escritores ingleses como, por ejemplo, Zadie Smith y Will Self?

—No demasiado. Pero los dos son tan originales. Eso es lo que cuenta, la originalidad. Pero los leo porque son amigos.

—¿Por qué no lee a los nuevos?

—Porque no es una forma económica de pasar el tiempo. Porque no se sabe cuáles son los buenos. El tiempo dice cuáles son los buenos autores. Por eso te fijás en aquellos de una generación adelante, aquellos que tienen una reputación establecida y un cuerpo de trabajo. A Zadie la empecé a seguir, después nos hicimos amigos. A Will Self también. Pero es demasiado riesgoso con los jóvenes. A los veinticinco años es más la forma en que escriben que lo que escriben. Son demasiado jóvenes para saber nada. No saben sobre el tiempo. No están intelectualmente convencidos de que van a morir. No pensás en eso hasta que tenés cuarenta y cinco.

—Cuando lo alcanza la crisis de la mediana edad.

—Es por eso que tenés la crisis de la mediana edad. Comprás un auto deportivo, buscás una chica joven… Eso es lo que me pasó a mí. Me enamoré de una mujer doce años más joven que yo, un clásico. Todas esas tonterías que hace la gente son porque saben que van a morir. No lo sabían. No lo creían ciento por ciento. Esa es la crisis. De pensar que vas a vivir para siempre a no saber con certeza hasta cuándo te impacta. Te impacta con el cuerpo, la gravedad te agarra. Las cosas mejoran un poco cuando tenés una relación a los cuarenta y largos y ves que podés. Luego las cosas van cuesta abajo otra vez porque hay una cosa nueva en tu ojo: el pasado. De pronto es enorme. Y te metés ahí. Es un proceso de achicamiento. Hablé con mi madre, mi madrastra, que cumplió ochenta. Dicen: “El horizonte se mete”. No es del todo desagradable. Es algo acogedor. De pronto, el pasado reclama tu atención. Volvés sobre tu vida amorosa y lamentás algunas cosas. Lamentás no haber hecho tanto.

Ocho en punto. La cena está servida. Isabel aguarda. Amis me escolta a la noche afuera del cuarto y antes de despedirse, me dice que visitará Buenos Aires en abril invitado por la Feria del Libro. Le pregunto si lee a autores argentinos y responde que a uno: “Soy fanático de Borges. Con mi amigo Ian McEwan celebramos a Borges en la Biblioteca de Londres. Leímos extractos de Las ruinas circulares y de Funes, el memorioso. Hermoso cuento, tan gracioso, tan astuto. Pero Las ruinas circulares es trágico. Funes es trágico también, pero es muy gracioso. Borges es Dios”.

Disparen contra el escritor

Martin Amis es conocido por sus polémicas opiniones políticas. “El fundamentalismo islámico es aburrido”, ha dicho y lo vuelve a decir. Pero, ¿acaso nuestro multiculturalismo políticamente correcto no es también extremadamente aburrido? Amis no duda: “Sí, el debate es muy aburrido. Es tan deshonesto. Si acusás a alguien de racismo, eso derrota cualquier otra consideración”. En agosto de 2006, poco después del frustrado intento atribuido a islamistas fanáticos de hacer explotar diez aviones comerciales sobre el océano, Amis declaró en una entrevista con The Sunday Times: “La comunidad musulmana tendrá que sufrir hasta que ponga en orden su propia casa. ¿A qué sufrimientos me refiero? A no dejarlos viajar, limitar sus libertades, registrar a todos los que tengan aspecto de originarios de Oriente Medio o Pakistán…”. Las respuestas no tardaron en llegar. El mes pasado fue acusado de islamofobia por una columnista musulmana del diario The Independent. “Estos días es posible encontrar a quienes abominan del islam lo mismo en los clubes Garrick o Groucho (famosos clubes londinenses que reúnen a artistas y escritores, entre ellos al propio Amis y sus amigos Ian McEwan y Salman Rushdie) que en las covachas de los neofascistas”, escribía Yasmin Alibhai-Brown. El crítico literario Terry Eagleton acusó a su vez a Amis de “perseguir y humillar” al conjunto de los musulmanes para que “vuelvan a casa y enseñen a sus hijos a ser obedientes al hombre blanco”. No es la primera vez que Eagleton ataca a Amis: “Amis hijo ha aprendido de Kingsley, un racista y patán antisemita, borracho que vilipendia a las mujeres, los homosexuales y los liberales, algo más que hacer una frase bonita”, escribió en la introducción a su Ideología. “El tipo que me atacó es de la vieja izquierda –dice Amis sin nombrarlo–. Es marxista. Y mi padre perseguía ese tipo de cosas. El tipo que yo trato de perseguir es también de izquierda blanda, es un apologista. Tiene una postura “moralmente superior”. Yo me considero de izquierda, pero de izquierda racional, de izquierda realista.

La violencia del Estado

El último libro de Amis, House of Meetings, aplaudido por la prensa británica como su mejor novela o, al menos, la mejor desde Campos de Londres, es una continuación de Koba, el temible: el autor vuelve a desplegar aquí los rigores de la política stalinista en la vida cotidiana durante el “experimento soviético”. Escrita en “inglés-inglés”, como subraya el narrador, relata la conmovedora historia de dos hermanos en un campo de trabajos forzados en la desolada región ártica de la ex Unión Soviética.

–¿Por qué, entonces, no se refirió más a los historiadores “revisionistas” que focalizan en el “stalinismo diario”, como Sheila Fitzpatrick, Oleg Naumov o Paul Getty?

—Perdón, ¿qué revisionistas? Ni siquiera conozco esos nombres. Había escrito Koba, el temible, y de pronto sentí que tenía algo más que decir. Pero no sentí que era un historiador, era un novelista. Quería transmitir cómo el Estado irrumpe en tu cara, se mete en tus glándulas, en tus nervios y cómo tus elecciones tienen que ver con el Estado, la violencia del Estado, el miedo al Estado. A eso se refiere la novela. Koba, el temible es como un show de terror. Es mi trabajo. Es oscuro. Es crudo. Es pesimista.

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About Hugo Orell

Soy americano del sur. Formo parte de una cultura que se asienta en Europa, aunque se desliza hacia los Estados Unidos estos últimos 40 años. En mi país la influencia del modo de vida de la primera mitad del siglo pasado, es europea. Mis antepasados traen a Chile desde España arte culinario, tertulias, arquitectura y moda. Francia es un país soñado por toda la aristocracia chilena de la época. Los chilenos crean la leyenda de “Chile: Suiza de américa del sur“. Una literatura germánica me hace soñar con un territorio ideal que estaría situado en la zona de la Baviera del sur alemán, con ciudades medievales, donde sabios artesanos contribuyen a crear la riqueza del modo de vida de las clases burguesas europeas. Ciudades como Brujas, Salzburgo, Estrasburgo, Amsterdam, me hacen soñar con sus astrónomos, pintores, conventos y catedrales. Quizás la influencia de mis lecturas de adolescencia, donde Herman Hesse juega el primer papel. El destino hace que sintiéndome profundamente chileno, y habiendo participado activamente en la aventura liberadora del proceso popular chileno, en la época de Salvador Allende y de la Unidad Popular, me encuentro viviendo desde hace mas de 30 años en Europa.

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