Julieta Venegas


Una mujer lánguida cuyo gran talento es crear canciones que se convierten en himnos instantáneos sobre las relaciones íntimas, entre cuyas líneas cualquiera puede encontrar empatía, un recoveco donde esconderse.

Es así como define la Revista Gatopardo en su numero 90, la cantante mexicana Julieta Venegas. Y como el artículo es sabroso me permito reproducirlo aquí. Me permito también, honestidad obliga, de proponerles la dirección web de la revista. Gatopardo es una de las 5 o 6 mejores revistas de América Latina y si no la conocen lo pueden hacer desde ahora.

Aquí va el artículo de Fabrizio Mejía Madrid de l mes de Mayo 2008.

¿QUIÉN ES QUE TE VIENES CREYENDO?
Estudios Churubusco, ahí donde Luis Buñuel y El Indio Fernández filmaron alguna vez, es ahora un montón de foros que producen las peores telenovelas de exportación. Ahora mismo estamos protagonizando un culebrón y es la noche del concierto unplugged que Julieta Venegas va a grabar para MTV. Los actores: un policía, alguien llamado Chubi o algo así, y yo:

—No están en la lista, no pueden pasarse —nos ha dicho el oficial revisando dos hojas en secrecía como si tuviera entre sus manos un documento del FBI.

—Vengo desde Buenos Aires, nada más a esto —reclama Chubi o Chani o Chiquis.

Mientras, trato de ver por la ventana a alguien conocido que escuche mis lamentos telepáticos. Y entonces al policía se le ocurre algo más que puede hacer:

—A lo mejor no está por apellido sino por apodo. ¿Cómo le dicen?

Y así es que me entero de que es Chubi o algo. Por azar, como en el argumento de toda telenovela mexicana. Entonces entra como una tormenta Lynn Fainchtein, la que musicaliza al nuevo cine mexicano, mira detrás de sus lentes y, sin siquiera oír al policía, forcejea con la puerta hasta que la abre. Creo que hasta la pateó. Y entonces, Chubi y yo aprovechamos para escapar de Alcatraz hacia nuestra libertad. El policía sólo parpadeó. Nadamos por Estudios Churubusco que esta noche no es ya visitado por el fantasma de Pedro Infante, sino que convoca a una horda de veinteañeros con boletos en la mano. Yo, para variar, no traigo ni siquiera boleto del metro. Por un reflejo difícil de explicar —algo como “yo he visto a este güey en algún lugar”— le extiendo la mano a Joselo de Café Tacvba. Un organizador reacciona por otro reflejo —“este güey debe ser el cantante de los tacvbos”— me cuelga un gafete de otro organizador, alguien que se llama Oliver, me mete al estudio tres, y me sienta junto a una niña como de seis años, Layla, que después sé es una de las sobrinas de Julieta Venegas. Le extiendo la mano:

—Soy Rubén, de Café Tacvba, pero puedes llamarme Oliver, El Organizador.

Es la hora citada pero los fans han llegado ahí temprano —ser fan es mudarse a la puerta del estadio un mes antes del concierto y no enfadarse porque a la mera hora se canceló— y ya han sido adoctrinados sobre el aplauso “de balada” y el “prendido” por un animador que, de no ser porque alguien en MTV sostuvo la idea de que el aplaudir no es innato en los primates, estaría desempleado. Veo a los fans de Julieta —la celebridad estriba en que te reconozcan sin apellidos— y lo que reconozco es inusitado en un concierto de mtv: no hay piercings —al menos, no visibles—, tatuajes, atuendos como si te vistieras con el arcón de tu bisabuela victoriana o pelos en puntas. El estudio tres se colma de la no-tribu, esos jóvenes que ya no vemos porque no deciden hablar a través de su maquillaje. Son novios tomados de la mano, grupos de amigos de la universidad, primos, que han concursado para obtener boletos en MTV. Se ven —digamos— normales, en sus camisetas holgadas, los jeans, los tenis sin marca. Nadie exhibe el instante congelado en que se prensó un clip a los párpados, nadie se puso spray como si su cabeza fuera un grafiti en 3-D, nadie trae botas hasta la rodilla. Todos son como el público que podría esperar una mujer breve que aparece con un acordeón y entona una canción de separación, duda, proposición o reproche amorosos. Una mujer lánguida cuyo gran talento es crear canciones que se convierten en himnos instantáneos sobre las relaciones íntimas, entre cuyas líneas cualquiera puede encontrar empatía, un recoveco donde esconderse. La mayoría silenciosa está llamada hoy a dejar de serlo para corear una canción de Julieta Venegas. Al menos por esta noche.

Julieta Venegas

Julieta Venegas

SIEMPRE HAY ALGO MÁS QUE
A SIMPLE VISTA NO SE VE…

La casa de Julieta Venegas en Ciudad de México no deja lugar a dudas sobre sus prioridades en la vida. La sala, ese espacio para recibir gente, no existe. En su lugar hay un piano con partituras rodeado de anaqueles con cientos o miles de discos ordenados conforme al sistema de la obsesión alfabética. Arriba, inalcanzables, los fonógrafos que acreditan que ha ganado dos premios Grammy, uno Latino por Sí (2003) y otro gringo a la música latina por Limón y sal (2006). Abajo, a la mano del intruso, la llave de Matamoros, cuya leyenda dice “la invicta ciudad”.

—Oye, ¿y por qué Matamoros será “invicta”? —le pregunto.

—Será que, cuando los gringos nos invadieron, pasaron sin verla —responde con su leve acento norteño, de palabras que se alargan porque tienen que desplazarse a través del desierto, es decir, desde la cocina. Se ríe de su propio chiste. Pero se escucha sólo un instante.

El norte de México, la frontera con Estados Unidos, lo que hay entre Long Beach, donde nació, y Tijuana, donde se crió, es la tradición que Julieta Venegas recrea, de la misma forma como Café Tacvba, nacido en el lugar de la no-tradición, Ciudad Satélite, el suburbio a la gringa de Ciudad de México, se apropió de la música veracruzana, huasteca y del sureste mexicano como si fueran extensiones del blues. Con el agravante de que, en la casa paterna Venegas, en Tijuana, su madre escuchaba desde Pedro Infante hasta Juan Gabriel, José José y Rocío Durcal. No es complicado, dirán ustedes, saber de dónde viene el sonido de esta compositora que te mira con sus ojos negros como capulines y se acomoda nerviosamente el mechón negro cuando le cae sobre uno de ellos. Pero tiene sus complicaciones.

Por ejemplo, es una lectora, insospechadamente enfurecida, voraz, de libro en libro casi a toda hora. Ha leído con fruición a Naipaul, Echenoz, Auster, Murdoch y Marais. No ve televisión pero sabe de lo último en cine. Repruebo su falta de entusiasmo por una de mis principales estrategias de evasión y me dice:

—Tele tengo. Lo que pasa es que no está conectada.

Julieta Venegas es también la que a los veintidós años, a principios de los noventa, llegó desde la fronteriza Tijuana a Ciudad de México a ver a un tío y se quedó. Consiguió trabajo dando clases de inglés y formó su primera banda de rock: Lula. Y si Tijuana le recuerda la infancia, al mismo tiempo sueña:

—Cuando sea viejita y me haya retirado quiero tener una librería en Santiago de Compostela.

Para más complejidades: en la cocina hay una colección de tequilas de todo tipo, finos y baratos, restos de fiestas con sus amigos los jarochos del grupo Mono Blanco. Al subir la primera escalera de su casa hay un altar para Buda y para la Virgen de Guadalupe. Y escribió “Me voy” y “Andar conmigo”, himnos de la separación cordial, hasta donde se puede, y de la declaración del ligue amable, hasta donde se puede, pero dice:

—Las escribí muerta de risa. Para mí son como pura ironía.

Julieta Venegas y Café Tacvba son, inevitablemente, enamorados de sus tradiciones musicales, pero, también, paródicos de ellas. Pero, por añadidura, al escribir sus canciones, Julieta Venegas, además de ligada a sus estrofas y compases —escribe letra y música simultáneamente—, estaba afianzada en un sentimiento:

—Después de Bueninvento [su disco de 2000, éxito de crítica, en el que las letras son ambiguas], si no siento algo profundo cuando compongo, lo dejo. Tiene que significarme algo emocional. Y es una letra directa, sin las oscuridades de otros tiempos, cuando creía que lo importante era entenderme yo misma y no que los demás entendieran.

Emoción y parodia. Sé lo que dice: sólo puede parodiarse lo que se amó. O lo que es lo mismo, para burlarse de algo, primero hay que tomarlo en serio. O no hay recreación de una tradición musical sin distancia irónica. O ninguna de las anteriores. No supo o no contestó. Y la interrogación de qué es Julieta Venegas permanece sin resolver cuando entro la noche del 6 de marzo de 2008 a un foro de Estudios Churubusco haciéndome pasar por el cantante de Café Tacvba o por Oliver, El Organizador. La escenografía es una metáfora de las alusiones: cuelgan triángulos de papel picado al lado de candelabros de cartón de los que se bambolean collares de chaquiras. Es un homenaje a las fiestas de pueblo, a sus adornos. Pero es, también, la apropiación de éstas en forma de escenografía, concierto en vivo, programa de televisión, registro de un “desenchufado” de MTV.

SÓLO TENERTE CERCA, SIENTO QUE VUELVO A EMPEZAR…

Después de que los unplugged fueron usados por los músicos para hacer el luto por un hijo muerto (E-Clapton), para anunciar un suicidio (el Sr. K. Cobain) o simplemente para juntarse después de que el baterista trató de asesinar al vocalista y los dos terminaron en una clínica de rehabilitación (la lista sería de bostezo), estos conciertos acústicos se han convertido en el resumen de la carrera musical de los invitados. Una especie de consagración donde las variaciones a las canciones que ya conocemos se convierten en su rostro más esencial. Como si, despojados del caparazón eléctrico, el rock y el pop pudieran acceder a una verdad que los emparenta con el cuarteto de cámara.

El de Julieta Venegas no deja lugar a dudas: es la recreación, con perdón del cuarteto de cuerdas, de una banda de pueblo del norte de México que va haciendo la fiesta a pie, recorriendo lugares polvorientos como recuerdos amorosos, deteniéndose en esquinas donde la tuba y los tambores provocan que los vecinos enciendan la luz, importunando con sus sonidos básicos la borrachera de sus integrantes. Lo distinto es que los músicos son el Cuarteto Latinoamericano de Cuerdas, Marisa Monte, La Mala Rodríguez —ahora ya sólo La Mala—, Gustavo Santaolalla, Jacques Morelenbaum y Natalia Lafourcade. En esta versión recreada de la cultura de fiesta de pueblo con trompeta y xilófono —donde hay algo de banda yugoslava, en memoria de Los Vaqueros de Leningrado— hay lugar para la cercanía. ¿Y cómo les explico? Tanto el mariachi como la banda norteña en México están concebidos para no hablar, sólo para cantar a gritos, para comunicar por decibeles y no por seducciones. Es una imposición de la lejanía: en los llanos y el desierto habría que hablar así o callar viendo una paca de espinas rodando sobre la planicie. Pero lo que Julieta Venegas logra es hacer de esa música un sustento de la intimidad. Le da la vuelta. Invierte el género, lo parodia. Sus letras no hablan de lo valientes que somos ni de las mujeres trofeo que hemos obtenido con el dinero bragadamente obtenido en balaceras de película —algo común en la onda grupera— sino de cosas en primera persona o, más fuerte aún, en segunda: tú. La intimidad que dan el yo y el tú, la mirada de esta mujer que se define como “tímida”, usando el soporte musical que es tradicionalmente el de la virilidad narcotraficante para decir cosas tan seductoras como: “Mi cuerpo que no tiene peso/ si escucho tu voz llamándome”.

No es casual que el invitado más esperado a este unplugged fuera Juan Gabriel, el compositor que alteró la temática y la poética de la música de la frontera del norte de México con sus letras sin ambigüedades. Juanga no llegó al show acústico por razones personales, pero pude escuchar en el iPod de Julieta Venegas su versión de “Andar conmigo”. La interpretación de Juanga te hiela la sangre. Y es que en esa grabación se reúnen, intempestivamente, la “in-timidez” de Julieta Venegas con el “feeling-falsete” de Juan Gabriel. Es algo para lo que la música norteña no está hecha. Y, cuando se le fuerzan las velocidades —piénsese en la planicie documental de Los Tigres del Norte— da como resultado que, en medio de la carretera recta, aparezcan unos centauros.

Y YO QUE ESTOY A UN LADO DESAPAREZCO PARA TI…
El concierto en vivo de un acústico, desenchufado, unplugged es también ocasión para reunir a los amigos y a quien volteas a ver hacia arriba. Con su chelo, Jacques Morelenbaum intervino en “Cómo sé” y acaso pasó desapercibido para un público que sólo es de la Venegas: desde Río de Janeiro, Morelenbaum ha producido y arreglado para Jobim, Caetano Veloso, Gal Costa, Carlinhos Brown y Piazzolla. Hace unos meses Julieta Venegas voló a Río para mostrarle el demo de cómo planeaba producir su propio concierto. Fue a ver también a Marisa Monte, quien desde los 19 años es una sensación de la nueva música brasileña y ha cantado para Laurie Anderson, David Byrne y Philip Glass. Monte sale al escenario, al que se le alimenta con bocanadas de niebla —si no qué chiste la iluminación—, en un vestido entallado y con un clavel rojo en el cabello para cantar “Ilusión”, la parte en portugués. También aparece La Mala, con un top que provoca —además de lo obvio— que los maquillistas corran a retocarle el ombligo. Hace la parte rapeada de “Eres para mí”. Pero también se reúnen los amigos. Cecilia Bastida, cantante del desaparecido grupo de ska Tijuana No! —al que Julieta le compuso su único hit, “Pobre de ti”—. Gustavo Santaolalla que, antes de ganarse Oscares por música de películas, producía los discos de Julieta Venegas. Natalia Lafourcade, que esta vez tocó xilófono, teclados y hasta el serrucho, lo que generó simpatías en el público: “Niña tan talentosa y viene aquí toda modesta a ayudarle a Julieta”, especula una probable estudiante de Psicología de la Universidad Nacional. Muchos acaso pensaron lo mismo: el aplauso para Natalia Lafourcade es largo. El grupo, en su mayoría de mujeres, es como una tambora egresada del conservatorio global, reunido como un comando experto, cada quien en su arte, como en esas películas de ladrones en las que se juntan El Abridor de Cajas Fuertes con El Que Puede Burlar El Circuito Cerrado De Televisión. Hoy, Julieta Venegas es la que planea el robo. Y todas las ladronas se visten con la sonrisa de haber salido bien libradas.

La recepción del público no es para nada irónica o paródica ni nada que sea esdrújula. Es sencilla: se tararea, se canta, se exhibe el dominio sobre cada letra y cada inflexión que sólo da haberla escuchado cientos de veces y traerla en el iPod. Con o sin intención de su autora, la música de Julieta Venegas resulta aquí, entre más de 400 fans, una fiesta de un pueblo fronterizo tan imaginario como Comala. Sin muertos, aunque sí con muchos polvos enamorados. Los sentimientos narrados, las emociones cantadas ya no nos educan en el desgarramiento del bolero, el tango, la ranchera. Ahora nos reímos de que a La Ingrata le metan cuatro balazos para que ya no sufra. La nueva sensibilidad que representan compositores como Julieta Venegas es directa y sin victimizaciones. En el amor, en las relaciones, no hay culpables premeditados ni mártires de la incomprensión. La pasión se hace laica y ya nadie muere por los pecados del otro. Julieta Venegas pertenece a la primera generación posfreudiana de mexicanos: las cosas suceden, se asumen, y a otra cosa, mariposa. De hecho, “mariposa” es una palabra que probablemente no aparezca jamás en una de sus canciones.

QUÉ LÁSTIMA, PERO ADIÓS…
La horda sale muda de Estudios Churubusco a medianoche. Camino entre ellos tratando de recopilar opiniones pero nadie abre la boca. Será porque estuvieron expuestos en una hora lo que a su autora le tomó meses arreglar, producir, ensayar. Sobre Calzada de Tlalpan, camino solo a casa y recuerdo los avatares de la celebridad de Julieta Venegas, quien en este momento reniega de una rueda de prensa postshow en la que la primera pregunta es: “¿Y es de que cuándo piensa hacer el próximo disco?”. La prensa de espectáculos, esa mendiga a las puertas del banquete.

La celebridad de Julieta Venegas es concreta, casi brutal, según me contó. En una alberca trata de quitarse una gorra de nadadora y se le rompe. La mujer de junto la reconoce con extrañeza:

—Julieta. Te ves tan distinta de como te ves en la televisión.

—Será porque en la tele nunca he salido en traje de baño con una gorra rota.

Es el hartazgo de la horda estridente que consume celebridad y no talento, que busca rumores en lugar de obras. Autodefinida como “tímida” —aunque yo la definiría como un poco “apartada”—, Julieta Venegas ve en hacer discos no una oportunidad para ser de actualidad, sino para “completar algo”, cerrarlo, terminarlo. Ese placer, esa tranquilidad pasajera. Y para ella, el unplugged de esta noche no fue nada más un encuentro con la televisión musical, sino producir algo “que está entre el concierto en vivo y el estudio de grabación”. Habla como profesional de la creación musical: la versión de la artista siempre ajena a lo que creyó el espectador al escucharla. Y como tal, me descubro caminando lento con la luna encendida mientras tarareo “Me voy”. “No voy a llorar y decirte que no merezco esto/ Es probable que lo merezca pero no lo quiero…”. No sé de música y menos a estas horas. Lo único que sé es que me acompaña.

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About Hugo Orell

Soy americano del sur. Formo parte de una cultura que se asienta en Europa, aunque se desliza hacia los Estados Unidos estos últimos 40 años. En mi país la influencia del modo de vida de la primera mitad del siglo pasado, es europea. Mis antepasados traen a Chile desde España arte culinario, tertulias, arquitectura y moda. Francia es un país soñado por toda la aristocracia chilena de la época. Los chilenos crean la leyenda de “Chile: Suiza de américa del sur“. Una literatura germánica me hace soñar con un territorio ideal que estaría situado en la zona de la Baviera del sur alemán, con ciudades medievales, donde sabios artesanos contribuyen a crear la riqueza del modo de vida de las clases burguesas europeas. Ciudades como Brujas, Salzburgo, Estrasburgo, Amsterdam, me hacen soñar con sus astrónomos, pintores, conventos y catedrales. Quizás la influencia de mis lecturas de adolescencia, donde Herman Hesse juega el primer papel. El destino hace que sintiéndome profundamente chileno, y habiendo participado activamente en la aventura liberadora del proceso popular chileno, en la época de Salvador Allende y de la Unidad Popular, me encuentro viviendo desde hace mas de 30 años en Europa.

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