Escritos a principios de la década de 1940 por encargo de un excéntrico coleccionista de libros que insistía en pedir «menos poesía» y descripciones más explícitas en las escenas sexuales, los relatos de Delta de Venus no vieron la luz hasta los años setenta. Ambientados en torno al París de la época e hilados por la aparición recurrente de personajes comunes de distinta importancia según cada cuento, ofrecen una visión libre de las relaciones humanas, en la que el erotismo y el ansia de placer no excluyen la belleza, el sentimiento, la amistad y la búsqueda de la autenticidad.
El placer que experimentaba Mathilde acariciando a los hombres
era inmenso, y las manos de éstos se deslizaban sobre su cuerpo y lo
arrullaban de tal manera, tan regularmente, que raras veces la
acometía un orgasmo. Sólo adquiría conciencia de ello una vez se
habían marchado los hombres. Despertaba de sus sueños causados
por el opio, con el cuerpo aún no descansado.
Permanecía acostada limándose las uñas y aplicándose laca en
ellas, haciendo su refinada toilette para futuras ocasiones y
cepillándose el rubio cabello. Sentada al sol, y utilizando algodón
empapado en peróxido, se teñía el vello púbico del mismo color que el
cabello.
Abandonada a sí misma, la obsesionaban los recuerdos de las
manos sobre su cuerpo. Ahora, bajo su brazo, sentía una que se
deslizaba hacia su cintura. Se acordó de Martínez, de su manera de
abrirle el sexo como si fuera un capullo, de cómo los aleteos de su
rápida lengua cubrían la distancia que mediaba entre el vello púbico y
las nalgas, terminando en el hoyuelo al final de la espalda. ¡Cuánto
amaba él ese hoyuelo que le impulsaba a seguir con sus dedos y su
lengua la curva que se iniciaba más abajo y se desvanecía entre las
dos turgentes montañas de carne!
Pensando en Martínez, Mathilde se sintió invadida por la pasión. Y
no podía aguantar su regreso. Se miró las piernas. Por haber
permanecido demasiado tiempo sin salir, se habían blanqueado de manera
muy sugestiva, adquiriendo el tono blanco yeso del cutis de las
mujeres chinas, esa mórbida palidez de invernadero que gustaba a los
hombres de piel obscura, y en particular a los peruanos. Se miró el
vientre, impecable, sin una sola línea fuera de lugar. El vello púbico
relucía ahora al sol con reflejos rojos y dorados.“¿Cómo me ve él?”, se preguntó. Se levantó y colocó un largo
espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla.
Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió lentamente
las piernas. La vista resultaba encantadora. El cutis era
perfecto, y la vulva rosada y plana. Mathilde pensó que era como la
hoja del árbol de la goma, con la secreta leche que la presión del dedo
podía hacer brotar y la fragante humedad que evocaba la de las
conchas marinas. Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel
salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo.
Extracto del cuento Mathilde en “Delta de Venus”. Cuentos eróticos.Anais Nin. Alianza Editorial.




















delicadeza, calidez.. sutil, carne..
belleza sublime
.
..
…http://www.youtube.com/watch?v=aD2iVoGLal0
me ha parecido a esto
[...] Hugo Orell Algunas anotaciones relacionadas: No related posts, más en NSFW. ← Anterior | Inicio [...]
[...] Vía: Hugo Orell [...]
Me gusta mucho el estilo de Anais Nin, la admiro porquer se adelantó a su tiempo y vivió segun su parecer, sin ataduras morales o sociales. Su manera de expresarse es exquisita.