Sobre la edición de libros en México.
6 Mayo 2008 por Hugo Orell
El libro en México se ha convertido en un lujo precisamente por la falta de fomento a la industria y por las recurrentes crisis económicas que han provocado el cierre de muchas editoriales.
En el mejor de los casos, el libro se ha transformado en una mercancía más de los grandes almacenes y tiendas de autoservicio que sólo consideran como cultura los libros de autosuperación personal, los best sellers o las obras de coyuntura. A quien se le ocurra preguntar por Wilde, Shakespeare, Rulfo o Platón en una tienda Sanborns o en Wal Mart, será visto como un marciano. A cambio de los clásicos se nos ofrecen aspirinas culturales, como Paulo Coelho o títulos de moda como El Secreto.
La crisis tocó fondo en 2006. La comercialización de libros en librerías se contrajo 26.3% ese año y las adquisiciones en tiendas departamentales representaron el 7%. A pesar de ello, han sido los 3 mil grandes almacenes y tiendas de autoservicio quienes impusieron una perversión en el mercado. Léase también un extenso artículo publicado en la revista Letras Libres por Guillermo Sheridan.
Las grandes cadenas comerciales, que comercializan además de libros cualquier clase de productos, están en la capacidad de negociar mejores precios de parte de los editores que los pequeños puntos de vista especializados en libros, situación que va en detrimento del lector y la lectura porque la distribución extensiva reduce significativamente la diversidad de títulos.
Un lector no busca sólo el precio más bajo sino la diversidad, la calidad y el acceso de los títulos. Las prácticas depredadoras y discriminatorias para aquellos libros que “no venden” –según los criterios del mercado concentrado- han obligado a la desaparición de muchas editoriales y de muchos títulos que sólo se encuentran en aquellos sitios donde sobrevivan librerías de viejo.
Afortunadamente se aprobó esta semana la llamada Ley del Libro por 107 votos a favor, con los sufragios de todas las fracciones legislativas.
La batalla que ha ido perdiendo el libro no es en contra de la pantalla televisiva o del Internet sino contra los prejuicios y temores de una clase política a la que le viene bien el analfabetismo social.
Fuente: Revista Proceso de México
















