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Los ciudadanos suizos no sufren los mismos síntomas de inquietud ante la crisis actual, que sus pares europeos, por el momento.

La gran crisis que atraviesan todas las economías actualmente se ha manifestando en Suiza, como cabía de esperarse por parte de una economía en la que los bancos juegan un papel de primer orden mundial. Sin embargo esta crisis se refleja por el momento, menos en la economía real del país que en su superestructura financiera.

Después del descalabro de la UBS ( Unión de Bancos Suizos), el banco mas importante del mundo en la gestión de la grandes fortunas, y su implicación en un escándalo de fraude al fisco en Estados Unidos, por cientos de sus clientes, los artículos de prensa y los debates en televisión se han centrado en lo que hasta ahora ha sido el gran pilar de la riqueza de los bancos en este país: el secreto bancario.

Desde varias tribunas se clama la discusión profunda una vez que se ataque el problema de como poner en pie nuevamente la UBS, de poner termino al secreto bancario. Las presiones internacionales son también inmensas, aunque muchos analistas y políticos concuerdan que no es el mejor momento de hacerlo ahora en medio de la tempestad.

El día en que se haga efectivo la anulación del  secreto bancario la economía de este país mirara el futuro de manera muy diferente y es probable que esto signifique el final de la bonanza existente aquí. El flujo de capitales no sera el mismo y esto tendrá graves consecuencias para una economía que cuenta con las finanzas para calentar el motor del crecimiento como en ningún otro país en el mundo.

La crisis acá aun no ha tocado el empleo, ni el consumo aunque si las muchas inversiones privadas se están quedando en lista de espera. La gestión de la crisis en Europa esta muy por debajo del tratamiento preconizado por Obama en Estados Unidos, y Suiza esta en el centro de Europa para seguir el vaivén de la CEE.

Hacia el fin del secreto bancario?. Chappatte

Hacia el fin del secreto bancario?. © Chappatte

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

En el libro ” Historias de Cronopios y Famas”.   Julio Cortázar.

A menudo me sucede de decidirme por la compra de un libro después de haber leído en fragmento en alguna librería o biblioteca. Este texto les incitará ( lo espero ) a leer este libro que me encanta. Es un serie de novelas cortas y este corresponde a la primera  intitulada “Una visión del mundo”.

Mi esposa a menudo está triste porque su tristeza no es una tristeza triste, y dolida porque su dolor no es un dolor aplastante. Le pesa que su pesar no sea un pesar agudo, y cuando le explico que su pesar acerca de los defectos de su pesar puede ser un matiz diferente del espectro del sufrimiento humano, eso no la consuela. Oh, a veces me asalta la idea de dejarla. Puedo concebir una vida sin ella y los niños, puedo arreglarme sin la compañía de mis amigos, pero no soporto la idea de abandonar mis prados y mis jardines. No podría separarme de las puertas del porche, las que yo reparé y pinté, no puedo divorciarme de la sinuosa pared de ladrillos que levanté entre la puerta lateral y el rosal; y así, aunque mis cadenas están hechas de césped y pintura doméstica, me sujetarán hasta el día de mi muerte. Pero en ese momento agradecía a mi esposa lo que acababa de decir, su afirmación de que los aspectos externos de su vida tenían carácter de sueño. Las energías liberadas de la imaginación habían creado el supermercado, la víbora y la nota en la caja de pomada. Comparados con ellos, mis ensueños más desordenados tenían la literalidad de la doble contabilidad. Me complacía pensar que nuestra vida exterior tiene el carácter de un sueño y que en nuestros sueños hallamos las virtudes del conservadurismo. Después, entré en la casa, donde descubrí a la mujer de la limpieza fumando un cigarrillo egipcio robado y armando las cartas rotas que había encontrado en el canasto de los papeles.

Esa noche fuimos a cenar al Club Campestre Arroyo Gory. Consulté la lista de socios, buscando el nombre de Nils Jugstrum, pero no lo encontré, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y para qué? Lo de costumbre. Gracie Masters, la hija única de un millonario que tenía una funeraria, estaba bailando con Pinky Townsend. Pinky estaba en libertad, con fianza de cincuenta mil dólares, a causa de sus manejos en la Bolsa de Valores. Una vez fijada la fianza, extrajo de su billetera los cincuenta mil. Bailé una pieza con Millie Surcliffe. Tocaron Lluvia, Claro de luna en el Ganges, Cuando el petirrojo rojo rojo viene buscando su antojo, Cinco metros dos, hay tus ojos, Carolina por la mañana y El Jeque de Arabia. Se hubiera dicho que estábamos bailando sobre la tumba de la coherencia social. Pero, si bien la escena era obviamente revolucionaria, ¿dónde está el nuevo día, el mundo futuro? La serie siguiente fue Lena, la de Palesteena, Porsiemprejamás soplando burbujas, Louisuille Lou, Sonrisas, y de nuevo El petirrojo rojo rojo. Esta última pieza de veras nos hace brincar, pero cuando la banda lanzó a pleno sus instrumentos vi que todos meneaban la cabeza con profunda desaprobación moral ante nuestras cabriolas. Millie regresó a su mesa, y yo permanecí de pie junto a la puerta, preguntándome por qué se me agita el corazón cuando veo que la gente abandona la pista de baile después de una serie; se agita lo mismo que se agita cuando veo mucha gente que se reúne y abandona una playa mientras la sombra del arrecife se extiende sobre el agua y la arena, se agita como si en esas amables partidas percibiese las energías y la irreflexión de la vida misma.

Pensé que el tiempo nos arrebata bruscamente los privilegios del espectador, y en definitiva esa pareja que charla de forma estridente en mal francés en el vestíbulo del Grande Bretagne (Atenas) somos nosotros mismos. Otro ocupó nuestro puesto detrás de las macetas de palmeras, nuestro lugar tranquilo en el bar, y expuestos a los ojos de todos, obligadamente miramos alrededor buscando otras líneas de observación. Lo que entonces deseaba identificar no era una sucesión de hechos sino una esencia, algo parecido a esa indescifrable colisión de contingencias que pueden provocar la exaltación o la desesperación. Lo que deseaba hacer era conferir, en un mundo tan incoherente, legitimidad a mis sueños. Nada de todo eso me agrió el humor y bailé, bebí y conté cuentos en el bar hasta cerca de la una, cuando volvimos a casa. Encendí el televisor y encontré un anuncio comercial que, como tantas otras cosas que había visto ese día, me pareció terriblemente divertido. Una joven con acento de internado preguntaba:

–¿Usted ofende con olor de abrigo de piel húmedo? Una capa de marta de cincuenta mil dólares sorprendida por la lluvia puede oler peor que un viejo sabueso que estuvo persiguiendo a un zorro a través de un pantano. Nada huele peor que el visón húmedo. Incluso una leve bruma consigue que el cordero, la mofeta, la civeta, la marta y otras pieles menos caras pero útiles parezcan tan malolientes como una leonera mal ventilada en un zoológico. Defiéndase de la vergüenza y el sentimiento de ansiedad mediante breves aplicaciones de Elixircol antes de usar sus pieles… –Esa mujer pertenecía al mundo del sueño, y así se lo dije antes de apagarla. Me dormí a la luz de la luna y soñé con una isla.

John Cheever. Geometría del Amor (pdf)

Se dice que a partir de mañana América no será mas como antes. Que las conciencias se estan remeciendo y que con Obama en la Casa Blanca,  los Estados Unidos mirarán el mundo sin arrogancia, considerandolo como un socio mas. Que cesarán de menospreciar el medio ambiente y de cagarse en los protocolos internacionales. Que cesarán también de considerar América Latina como su patio trasero. Que cesarán … que cesarán.

No creo que Obama sea una especie de Mesias porque no creo en los Mesias, pero ademas porque es solo un hombre en un momento considerado historico, pero un hombre al fin. Muchas veces, la mayoría diría yo,  intereses poderosos priman sobre nuestras ilusiones. Pero mi escepticismo es mío y concedo a los americanos beber la alegría, la misma que nosotros chilenos gozamos en los años 70 cuando la llegada al gobierno de Salvador Allende y de una idea de vida mejor que mas tarde nos sería extirpada por la fuerza. Quisiera también que esta alegría de antiguos esclavos negros y rubias cabelleras infantiles de hoy en los Estados Unidos, fuera las del pueblo palestino que hoy llora sus muertos en Gaza.

Se supone que los escritores son capaces de sentir el palpitar del alma humana y nada mejor que la sensibilidad de un gran escrtitor norteamericano para expresar el sentimiento de una gran cantidad de habitantes de su propio país, respecto del futuro norteamericano. Richard Ford publicó este largo y emocionante artículo en “El Pais“.

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Quizá sea conveniente reflexionar sobre algunas de las consecuencias menos evidentes de la llegada a la presidencia de Barack Obama, aquí en Estados Unidos. Al fin y al cabo, el trabajo habitual del novelista es imaginar las consecuencias nunca imaginadas de la conducta humana. Los seres humanos amamos, nos preocupamos, nos comportamos bien, nos comportamos mal, actuamos con pasión… ¿y entonces qué? El sentido común, por supuesto, es útil. Algunas consecuencias de nuestros actos las comprendemos de manera automática. Por ejemplo, si iniciamos una guerra, suelen ocurrir cosas malas. Éstas son las consideraciones del estilo de los Diez Mandamientos y el Infierno de Dante. Las utilizamos mucho en la vida diaria. Pero el sentido común tiene sus límites. Muchos resultados de nuestra conducta pueden acabar pareciéndonos misterios tentadores y, a veces, recalcitrantes. Y no conocer las consecuencias de nuestros actos es habitualmente lo que nos hace meternos en problemas. Podríamos incluso decir que la literatura de imaginación cumple su tradicional tarea de “llevar información” al lector diciéndole: “¡Eh, tú! ¡Presta atención a lo que haces! ¡Es importante!”.

En términos de pura ética norteamericana, creo que también merece la pena considerar la ascensión de Barack Obama no sólo como algo que él hizo personalmente, sino, más en general, como algo que hemos hecho todos nosotros, los votantes, los ciudadanos de este país. Y más vale pensar que su llegada a la presidencia no es -como lo viven muchos, llenos de ansiedad- un absurdo golpe de buena suerte, sino que es un acto cívico colectivo concertado, si bien desesperado, cuyas consecuencias exactas todavía no podemos ver con claridad los ciudadanos actores, pero que estamos dispuestos a emprender y cuya responsabilidad estamos dispuestos a asumir.

En Estados Unidos, al menos durante los últimos ocho años, tanto demócratas como republicanos han tendido a considerar que nuestro Gobierno era un caso de decidida y casi inexplicable mala suerte, cuyas consecuencias negativas todos veíamos, empeorando prácticamente por momentos, pero cuyo origen asegurábamos no comprender y no considerábamos responsabilidad nuestra. A los estadounidenses, en general, nos desagrada todo lo que tenga que ver con el Gobierno, y su injerencia levanta sospechas. Y solemos expresar nuestro desagrado mediante la indiferencia, salvo en los casos especiales en los que nos sentimos personalmente en peligro o con riesgo de perder dinero; entonces, el Gobierno no nos gusta porque no hace lo suficiente por nosotros. No es atípico, por tanto, que ninguna persona con la que he hablado en los últimos dos años haya querido asumir ninguna responsabilidad por George Bush, sobre todo los representantes del 50%, más o menos, que sí votó por él. He intentado atribuir a alguno de mis conocidos republicanos el mérito que, en mi opinión, le correspondía. E incluso escribí una larga novela, uno de cuyos temas políticos consistía en asignar -esta vez a los demócratas- parte de la culpa de la presidencia de Bush, por haber asistido con indiferencia a unas elecciones (las de 2000) que tenían en las manos. Ninguno de mis esfuerzos dio verdaderamente fruto.

Desde el punto de vista cívico, por supuesto -lo que Ralph Waldo Emerson llamaba nuestras “virtudes municipales”-, es evidente que es algo terrible que nadie asuma la responsabilidad del Gobierno que ocupa el poder. Y es especialmente malo cuando -como hacemos en Estados Unidos- presumimos ruidosamente por todo el mundo de tener una sociedad democrática y participativa que, a nuestro juicio, otros deberían emular, mientras nuestro Gobierno no está siendo demasiado bueno y pese a que, sin embargo, somos verdaderamente responsables de él, nos guste reconocerlo o no. Esta forma de ser ciudadanos pero no responder de nuestras acciones es perjudicial para el espíritu americano. Y otro de sus efectos negativos es que no responsabilizarnos de nuestro Gobierno perjudica nuestra capacidad de prever e influir en las consecuencias de nuestra voluntad nacional y nuestras decisiones colectivas. Ése es, al fin y al cabo, uno de los principios esenciales del arte de gobernar con responsabilidad, y de la parte del arte de gobernar que sirve de modelo a nuestra conducta privada. La novelista inglesa George Eliot escribió en una ocasión que no hay vida privada que no esté enmarcada por la vida pública. Y cuando el Gobierno es malo y nadie se hace responsable de él, la sociedad entera -la sociedad de base, en la que vivimos- está en peligro, y la mente adquiere un hábito de desorientación que allana el terreno al totalitarismo y la demagogia y a la transformación de verdades manifiestas en mentiras. Como podemos ver que ocurre en Estados Unidos desde hace un tiempo. Piensen en nuestra economía. Piensen en el impacto que ejerce Estados Unidos en el entorno físico del mundo. Piensen en las armas de destrucción masiva que no estaban allí. Se podría decir que ha sido un periodo extrañamente soviético en la vida política estadounidense. Y, como curación, habría que afirmar que para mantener por lo menos un mínimo contacto con la verdad es preciso mantener por lo menos un mínimo de nuestro sentido de la responsabilidad por nuestras acciones. No hace falta ser un genio político para entenderlo. Pero la política puede hacer que parezca más difícil de lo que es.

Aun así, resulta extraño pensar en la entrada de Estados Unidos en el nuevo territorio desconocido de Obama como un sincero intento de asumir una responsabilidad más firme por nuestras acciones y nuestro destino nacional. Es posible, desde luego, que todos los actos de responsabilidad personal incluyan hacernos responsables de consecuencias que no podemos acabar de prever. De forma que nuestro dilema y nuestro reto quizá no sean meramente la extraña realidad de la verdad invertida -como en el espejo de Lewis Carroll- a la que nos hemos acostumbrado durante los años de Bush. La presidencia de Obama nos ofrece, en el peor de los casos, una forma claramente nueva de evaluar Estados Unidos desde dentro, algo que hasta ahora no se nos ha dado muy bien.

He aquí, pues, otras “consecuencias de Obama”, basadas en mi intuición de escritor y mis observaciones personales. Son asuntos de los que en el futuro se pedirá a los estadounidenses que sean conscientes y responsables.

Uno de ellos es que no puedo evitar la sensación de que hay algo extraño y que suena falso en todos los republicanos con los que he hablado en las semanas transcurridas desde las elecciones, ciudadanos que me han dicho que no votaron por su partido, sino que lo hicieron por Barack Obama. El progresista de buena fe que hay en mí quiere creer que estos votantes se sintieron iluminados por Obama, que hicieron lo correcto (por una vez), que se habían hartado de todo lo que significaba ya George Bush y actuaron movidos por el patriotismo, el sentido común y una pizca de valor para reexaminar unas “certezas” vacías y llevar a cabo el acto soberano que nunca habían pensado que harían: votar demócrata. Votar por un negro. Salvo que… Son los mismos que votaron por Bush, no una, sino dos veces (y la segunda vez fue una enorme, desastrosa traición a nuestro país, porque para entonces ya eran perfectamente visibles la temeridad y la incompetencia de Bush). Y esos republicanos son los mismos que no querían hablar conmigo cuando les preguntaba qué les parecía apoyar a Bush. Por tanto, la verdad, no me fío de ellos. Y tampoco me fío de poner en manos de su maltrecho juicio el futuro de mi país, un futuro que será doloroso, caro y lleno de estruendosas incertidumbres, y que necesitará un Gobierno estable que pueda contar con el apoyo fiel, lúcido y pragmático de su electorado. No digo que quiera que se conceda automáticamente un segundo mandato a Obama (aunque sería alentador), ni que pretenda que se prohíba votar a estos republicanos advenedizos (cosa también tentadora, porque, desde luego, me habría gustado que se lo prohibieran, después de lo de 2004). Al fin y al cabo, puede que Obama no dé buen resultado. No lo sabemos. Pero el carácter heterodoxo y posiblemente provisional del mandato de Obama y las consecuencias que tendrá para el futuro de Estados Unidos se convertirán en parte intrínseca de ese futuro y en un nuevo elemento del carácter estadounidense. La responsabilidad por ese carácter y su futuro exigirá que estemos vigilantes.

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El segundo aspecto, y evidentemente relacionado, es que la grandeza de la proeza de Obama -ser negro y obtener la presidencia (verdaderamente, algo que nunca pensé que llegaría a ver, que era como un sueño)- le ha otorgado, sin duda, un aura especial que le protege a los ojos de la gente. Pero es un aura especial que desaparecerá rápidamente en el ardiente calor de las tareas de gobierno y le dejará todavía más expuesto como presidente. Por supuesto, esa doble exposición es la trampa contradictoria del pensamiento racial, un elemento presente desde hace mucho en el pensamiento estadounidense y que no parece probable que vaya a desvanecerse porque un negro llegue a presidente: primero se dice que un candidato no merece el cargo por ser negro, y luego, en proporción con lo extraordinario de la proeza de que haya sido elegido, la opinión pública crea unas expectativas desmesuradas. Ocurrió hace siglo y medio, durante nuestro periodo fallido de reconstrucción tras la Guerra de Secesión. Y aunque es reconfortante pensar que, al ser elegido, Obama ha clavado una estaca en el corazón del racismo estadounidense, y aunque no hay duda de que su éxito representa un paso adelante formidable en los esfuerzos para desmantelar el pensamiento racial en nuestro país, también es muy probable que la conciencia racial estadounidense se oculte aún más -tras haber quedado desacreditada oficialmente por la elección de Obama- y se deje ver en las hostilidades matizadas y exageradas de las que seguramente será objeto el presidente Obama por parte del partido que ha perdido el poder.

Y eso será así sólo si al presidente Obama le van bien las cosas. Si no le van tan bien, si fracasa, entonces su deslumbrante condición de presidente especial, el que cambió todo para siempre, se convertirá rápidamente en un lastre para él y para el país, porque el pensamiento racial volverá a verse estimulado. Es el riesgo de elegir a Barack Obama. Aunque es un riesgo acertado el que una nación libre tiene el privilegio de poder asumir. Y, sin embargo, es evidente que hay consecuencias que no podemos ignorar y debemos estar preparados para afrontar.

Pocos días después de las elecciones escribí a un amigo en Misisipi -un amigo de la infancia- y le pedí que me contara qué le parecía la victoria de Obama, porque imaginaba que no le había apoyado. Mi amigo es blanco, políticamente conservador, cristiano evangélico y republicano. Me parecía, por intuición, que las actitudes de los votantes rivales -que son una gran parte de la población gobernada- eran más importantes y menos fáciles de entender que mi preferencia por Obama, que era bastante sencilla. En la guerra, es sabido que más vale mantener al enemigo cerca y a la vista. En política, es prudente conocer a todos los ciudadanos, aunque sólo sea porque debemos gobernar (y servir) tanto a amigos como a enemigos. “No voté por Obama, es verdad”, me respondió mi amigo. “Pero sí rezo por Obama. Pongo todo en manos de Dios. Creo que muchos que votaron como yo sienten lo mismo que yo. Quiero lo mejor para él y para todos nosotros”. “Bueno”, le contesté, tratando de ser optimista, “qué más puedo esperar, supongo”. Quería decir que, para mí -que no soy cristiano, no soy conservador y, desde luego, no soy republicano-, éste es un apoyo sincero, pero quizá variable (dado que los designios del Señor son insondables). Es posible que Estados Unidos ya no esté dividido por la mitad, como cuando Bush robó las elecciones de 2000. Pero la actitud de los votantes que se opusieron decididamente a Obama (un 48%, al fin y al cabo) y prefirieron la curiosa alternativa de John McCain y Sarah Palin determinará con toda seguridad no sólo los tonos del pragmatismo político de Obama, sino también su capacidad de gobernar y unir al país durante el mandato que tiene garantizado. Esos votantes acérrimamente opuestos -con sus actos, con sus omisiones y con la evolución de su disposición cívica- determinarán en gran parte lo que represente vivir en Estados Unidos durante los cuatro o quizá ocho años que tenemos por delante.

Una última palabra. Durante los dos últimos años, durante la interminable y adormecedora campaña presidencial, para muchos de nosotros se convirtió en artículo de fe que, si los republicanos ganaban las elecciones, nos iríamos del país para siempre. Muchos, de hecho, se fueron de Estados Unidos después de las dos elecciones anteriores y las respectivas victorias de Bush. Y aunque hablar de marcharse no cuesta nada, tengo pocas dudas de que lo habría hecho, convencido de que ya no conocía mi país natal, ya no me sentía fortalecido por el instinto cívico de cambiar la vida para mejorarla, ya no podía seguir apoyando la política de mi país, una y otra vez.

En todo este tiempo, desde luego, marcharse nunca se presentó como un acto ennoblecedor. Los gestos de protesta y renuncia no suelen serlo, probablemente. Siempre pueden parecer egocéntricos, ineficaces, reductivos desde el punto de vista lógico, impulsivos, aislados. Imprudentes. Después de todo, ¿qué mejor lugar que el sitio en el que uno nació y al que siempre ha sentido que pertenecía? ¿No parece siempre prematuro irse justo ahora? ¿No sería como dejar tu país en manos de sus ciudadanos menos capacitados? Existen muchos argumentos. Además, tengo casi 65 años. De verdad, ¿qué le habría importado a nadie que me fuera? Ni siquiera a mí.

Y de pronto, con la victoria de Obama, todo eso se acabó. Y en el destello de comprensión de que no tenía que irme, el propio hecho de residir se convirtió en una característica profunda de la vida en Estados Unidos, más de lo que nunca había experimentado. Yo vivo aquí, me di cuenta, y sólo vivo aquí, y seguramente viviré aquí hasta que me muera. Estoy seguro de que nunca había pensado exactamente esas palabras. Tal vez los europeos den por sentadas esas nociones de permanencia geográfica relativa. Pero para los estadounidenses, ése no es el sentimiento típico que tenemos sobre el lugar en el que vivimos en nuestro continente. Todos nosotros venimos de otro lugar y tenemos tendencia a trasladarnos. Y yo pertenezco a una generación que era más aficionada que la mayoría a mantener abiertas todas nuestras opciones.

La asombrosa elección de Barack Obama ha hecho que muchos estadounidenses -esos que sentían que estaban perdiendo poco a poco el control de su vida- estemos prácticamente seguros de que éste es el lugar en el que nos vamos a quedar; éste es el lugar en el que nuestra condición de ciudadanos cuenta más, si es que cuenta; éste es el lugar en el que habremos vivido cuando hayamos muerto; incluso en un periodo de guerra, desalentadoras perspectivas económicas y laxitud espiritual, nuestra vida se ha visto alterada de esta forma concreta, tal vez para mejor. Si la vida pública, como decía George Eliot, condiciona toda la vida privada, entonces, con esta elección, mis apegos preconscientes y muchos de los de mi generación, nuestro sentido de responsabilidad por la esencia y las acciones de nuestro país, las facetas pública y privada de nuestra condición de ciudadanos, se han aclarado y han adquirido más importancia para nosotros de una manera que yo, por lo menos, nunca podré ignorar.

Los electorados modernos tienen, en su mayoría, una enorme diversidad, independientemente de la persona que los presida. Pero éste es el país que este hombre aparentemente extraordinario, Barack Obama, ha decidido dirigir: un país que es en parte escéptico, en parte claramente opuesto, en parte entregado, tal vez, hasta grados absurdos. Es una diversidad que influirá en él y en su capacidad de gobernar más que en cualquier otro presidente que recordemos. Ni que decir tiene que el gobierno y el futuro de Estados Unidos no van a ser una cuestión sencilla.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

Recibí este texto por mensaje electrónico y al leerlo me dije que había que ponerlo en el blog para que lo leyera la mayoría. Ha sido ya difundido por otros blogs y tanto mejor.

Es una visión directa del conflicto Israel-Palestina, una versión vivida, sentida y dolida por una chilena que decide vaciar las tripas en este texto. Admirable, conmovedor y valiente. Léanlo hasta el final.

palestinos2Hace ya dos años que volví de Palestina y desde entonces, quiero escribir este mail. Pero es tan grande todo lo vivido, que en dos años no he podido sentarme a resumir todo lo que quisiera contarles, para que al menos pudieran dimensionar lo que ahí sucede. Porque eso me pasó a mí. Creí ser conocedora del tema -algo al menos- creí saber y entender algo del “conflicto” y de la “causa”, pero nada se asemeja a vivirlo. No hay libro que uno lea y no hay imágenes que uno vea, que puedan graficar lo que ahí sucede. Uno puede ser un “experto” en la materia, pero si no se ha pisado ese suelo, si no se ha respirado ese aire, si no se ha palpado esa miseria, es imposible llegar a comprender el lento genocidio que ocurre en esas tierras.

Es imposible, porque quienes lo cometen han sido las grandes víctimas del siglo XX y entonces cualquiera que acaso condene alguno de sus actos, corre el riesgo de ser tachado de antisemita. De hecho, eso aprendimos en el curso de “Conflicto en Medio Oriente” al que entré como invitada de piedra a unas cuantas horas de Tel Aviv. A la veintena de periodistas latinoamericanos que estábamos ahí, nos entregaron un riguroso listado de claves conductuales que se titulaba: “Cómo identificar el antisemitismo del siglo XXI”. Y creo que muchos lo leímos y en voz baja pensamos que fácilmente seríamos tachados de antisemitas. Por eso, muchos callan. Porque ser antisemita ante el horror del holocausto, es algo inaceptable hoy, a más de 50 años de esa masacre original que le devuelve la mano al destino, convirtiendo a sus propias víctimas, en monstruos sedientos de sangre, como si la venganza ante el dolor sufrido, saliera a borbotones medio siglo después.

Ahí está el primer gran error. El holocausto judío nos avergüenza como especie. No hay duda. Al recorrer los campos de concentración que quedaron como vestigio, uno se pregunta cómo pudo existir ese infierno, mientras el mundo seguía girando. Cómo en esos precisos instantes, no fuimos capaces de detenerlo. Cómo fue posible que millones de seres fueran perseguidos, torturados y asesinados de la forma más cruel, en el más completo silencio del resto del planeta. Quizás, luego de la desolación y el horror que uno siente, eso es lo que más sorprende del holocausto: la indolencia y complicidad silente. Hoy, muchas décadas después, lo condenamos y somos cuidadosos al tener el más mínimo acto de aceptación de alguna actitud nazi…. ¿verdad?

¿Tendrán que pasar nuevamente décadas para que entonces nos preguntemos cómo fue posible que en el más completo silencio se masacrara a los palestinos?

¿Entonces seremos capaces de ver las fotos de los moribundos detrás del muro esperando comida? ¿A las mujeres pariendo en las fronteras establecidas por el sionismo? ¿A los prisioneros que Israel mantiene en condiciones infrahumanas? ¿Veremos entonces el muro y sus rejas interminables, con un judío hablando detrás de un vidrio mientras te grita que te quites la ropa una y otras vez, solo para atravesar de una lado a otro y poder visitar a tu familia? Y lo que parece más terrible aun, ¿las fotos de los palestinos tatuados con un número en los brazos como un carnet imborrable que les autoriza entrar a Jerusalém? Sí, tatuados. Igual que esas fotos espantosas de esqueléticos judíos fichados en los Campos de Concentración. Hoy, de palestinos.

¿Tendrán que pasar otros 50 años para que podamos ver todo esto y no sentirnos amenazados de ser antisemitas?

Ahí está el primer error que los judíos sionistas han sabido calarnos profundamente, para entonces amparar las más atroces injusticias que sus propios antepasados sufrieron bajo el yugo de los nazis. No hay que aceptar más este chantaje moral. Se que este mail bastará, para que mi nombre entre en la lista de los antisemitas. Pero no lo soy. Mi padre, yugoslavo, eslavo y casi gitano, sobrevivió a la limpieza étnica de los nazis y él mismo me enseñó que los nacionalismos enfermizos como el que persiguió a su pueblo en la Segunda Guerra , son la lacra social más terrible que puede existir. ¿Y qué es el sionismo de Israel sino un nacionalismo moderno y enfermo?

Un nacionalismo que, en sus vertientes más colonizadoras cercanas al socialismo (supuestamente ateo), apela a razones bíblicas para demandar un territorio que, además, pretende limpiar de las otras razas que ahí habitan. El sionismo es racista. No porque en sus principios esté escrito o porque la ONU en 1975 lo haya dicho en una resolución, sino simplemente porque no tolera la coexistencia de otros pueblos y actúa en esa dirección.

Como todos, crecí repudiando el holocausto y de cerca, con mi padre y sus historias.

Tanto me enamoré de la “causa”, que a los 19 años estuve a punto de irme a Kibutz, embobada en mi adolescencia por la justicia tardía para el pueblo judío. Enamorada de “la causa” y de la propuesta socialista de construir patria mancomunada en el desierto. Sin una gota de sangre judía, sentí que mi raza eslava estaba con ellos y si algo podía hacer concretamente, era ayudarlos a sembrar, en un proyecto de vida que aun quisiera para mis hijos. En paz, comunidad y tolerancia.

Veinte años después conocí uno de los kibutz más emblemáticos de la oleada que se creó en los ‘70. Y sigo creyendo que es un proyecto precioso, sino fuera por “el alto costo humano que representa”. Supe como se reparte el sueldo de todos para la comunidad, compartí con ellos el Hanukkah, vi los huertos inmensos perfectamente regados, las áreas comunes y su intimidad. Pero esta vez también vi los restos de casas bombardeadas, “tan moriscas en su arquitectura“, que se levantan en medio de los verdes sembradíos del Kibutz como trofeo a la reconquista de la “tierra prometida”.

A un lado, la lechería con vacas ultra desarrolladas capaces prácticamente de dar queso listo en un teta y al otro lado, las ruinas de la que fue el hogar de alguna familia palestina allegada hoy tras el muro en esos ghettos árabes que los judíos sionistas parecen haber recreado al más puro estilo de los ghettos judíos de la Alemania Nazi donde sucumbieron sus propios antepasados. Así de irónico es todo y ellos mismos lo describen.

Pude ver tras el resplandor de las velas del Hanukkah, como se retiraba el bus diminuto que transportaba como ganado a la servidumbre: palestinos enflaquecidos por el hambre que son autorizados a ingresar a Israel, con un carnet especial que los acredita como tal y les permite un “libre” tránsito.

Baile en un Kibutz, primeros años de la colonización.

Baile en un Kibutz, primeros años de la colonización.

Recordé entonces esas viejas películas que mostraban el esplendor europeo de algunos pocos en plena década de los ‘40, mientras la Segunda Guerra asolaba el continente. Hitler en sus despampanantes juegos Olímpicos, y al frente la chimenea humeante de los Campos de Concentración. Recordé incluso algún texto que describe la casa de Townley en Santiago, cuando Mariana Callejas celebraba sus emperifolladas rondas literarias en plena dictadura, mientras en el subterráneo de su propia casa, el servicio de inteligencia torturaba sin piedad a quienes son hoy algunos de los Detenidos Desaparecidos de Pinochet.

No hay que tener miedo. Condenamos el holocausto judío y hoy condenamos -oportunamente- el holocausto palestino.

Ir a Palestina, entrando por Tel Aviv, es una experiencia demoledora y desde entonces, es imposible no sentir una pequeña cuota de responsabilidad al ser cómplice de esta masacre, simplemente por no hablar. Pero es tan abrumadora esa experiencia, que intentar describirla se hace cuesta arriba. Porque surge la ansiedad de que comprendan que condenar la masacre palestina, no tiene que ver con el antisemitismo ni es una causa “in” en estos días. Los análisis internacionales, las proyecciones políticas, y el complejo panorama de la zona, quedan a un lado cuando se respira ese aire absurdo de intolerancia y masacre permanente.

La “tierra prometida“ es hoy un “quadrillé” de pueblos enmarcados en un muro de más de 8 metros de altura que zigzaguea el suelo y forma ghettos palestinos, de donde no hay salida. Apuñados, los palestinos quedaron en algunos pueblos sin conexión entre sí muchas veces, sometidos al ímpetu de los israelitas que deciden qué puede entrar a ese ghetto -o pueblo si prefieres- y qué puede salir. Esto incluye, obviamente, hasta lo más básico como la comida que, estrategicamente, te permite matar de hambre lentamente a quienes están adentro.

muro

Imagina por un instante un largo edificio de 6 pisos, interminable, rodeado de militares anónimos que te encañonan constantemente y que encierran el lugar donde vives. Nada puede salir o entrar a ese lugar, sin que una patrulla de judíos sionistas lo autorice a través del pequeño “check point” dispuesto.

Si tu padre quedó en el ghetto de al frente, o pueblo -si prefieres- deberás visitarlo escasamente y previa autorización. Entonces, tendrás que hacer una larga fila, entre dos rejas como las vacas camino al matadero, ingresarás a una pequeña habitación donde sacarás tu ropa, serás humillado sin derecho a pataleo en tu propia casa, y alguien te gritará en hebreo detrás de un vidrio, si es correcto lo que estás haciendo. Sino, pueden apresarte y te llevarán a otra habitación quien sabe con qué fin.

Si la panadería quedó al otro lado del check point, deberás hacer esta rutina de ida y de vuelta, solo si tienes la suerte de entrar, para luego ver si tienes la otra suerte de encontrar algo para comer. Así como me han tenido que perdonar los amigos judíos que leen este mail, que me perdonen también los palestinos por simplificar tanto el asunto, pero es en esta rutina cotidiana y abrumadora que todos desconocemos, como logran matar a todo un pueblo lentamente. Ahorcándolo, asfixiándolo cruelmente.

checkpoint

Belén es uno de los más dolorosos ghettos palestinos, porque buena parte del mundo recuerda ese lugar como un sitio histórico que quisieran visitar sin temor.

La plaza de Belén, enmarca la llegada a la Iglesia de la Natividad. Los habitantes de Belén, que obviamente poco y nada comparten el fervor cristiano, respetan a los escasos turistas y valoran ese espacio como el sitio histórico que indudablemente es. Que distinto entonces ir a Nazareth, hermoso en la pulcritud israelita y prácticamente neutralizado con el fanatismo religioso o ateo -como quieran- de la administración judía que lo gobierna. Si preguntas por alguien llamado Jesús de Nazareth, entrarás a lista de las personas no gratas, aunque simplemente seas un historiador nada de católico. La intolerancia se respira en Israel. El recorrido por Jerusalem con algún judio que quiera acompañarte como guía turístico, llega a ser tragicómico. Solo pasas por fuera del Santo Sepulcro y como quien indica que ahí hay un cruce de calle, te lo señalan.

Esto para los turistas que acaso logran evidenciar este ¿racismo? en un rápido tour. Pero si te quedas solo una noche en Belén, y te atreves a entrar por el Check Point que diariamente deben hacer los escasos habitantes del pueblo que todo el mundo mira el 25 de diciembre, comenzarás a sentir el dolor en el aire.

Las pocas tiendas que hay, abren sus puertas como para no perder la costumbre. La plaza se repleta de hombres enflaquecidos y hasta con el rostro como desfigurado por el dolor, que se pasean en círculo matando el tiempo, vestidos con ropas como de los años 50. No tienen trabajo, no pueden salir de Belén a buscar trabajo. Tienen hambre. Sus mujeres e hijos esperan en casa por algo para comer y ellos deambulan por la plaza, mirando a los escasos turistas y compartiendo algún café con cardamomo.


Las vitrinas están vacías. Puedes comer algún shawarma seco y duro, que quien sabe cuánto tiempo ha permanecido clavado en el asadero. Los judíos no han dejado entrar carne, y el auto-abastecimiento, nunca ha sido un ideal que funcione en la práctica. Un pequeño pueblo, rodeado de piedras y arena, al que ni siquiera llega agua con seguridad.

Te paseas como un perfecto idiota en uno de los lugares más emblemáticos para el mundo occidental y entonces decides entrar a un restorán a pocas horas del 25 de diciembre. Un escuálido árbol de navidad parpadea a la entrada, y al menos 10 mesoneros sentados en la barra te reciben con felicidad, llevarás algunas monedas, también judias… que solo podrán transar entre ellos mismos. Eres el único turista que ingresa y el menú es reducido. No hay casi comida, porque la frontera no se ha abierto. Viven en la tierra donde siempre existió su gente, pero hoy no tienen derecho salir, ni a moverse, ni a comer, ni a decidir nada sobre su propio destino. Están presos en su propia casa, esperando… esperando.


Entonces pides un té y un pan con queso. Esa es la cena de navidad que puedes comer en Belén, mientras afuera un grupo de niños y hombres te mira engullendo el queso que han reservado para el turista, con la esperanza de que se mueva la microeconomía que tienen en ese ghetto donde nació Jesús.

Navidad en Belén

Navidad en Belén

Si puedes permanecer más días en Belén, comenzarás a sentir entonces la angustia de vivir en un Ghetto. Comenzarás a sentir la desesperación y entenderás otro poco de la historia: simplemente un buen día, el mundo decidió hacer justicia con un pueblo masacrado como el judío, y en la accidentada división territorial, tu casa quedó al otro lado.

Deberás desocuparla, y partir al ghetto, acarreando las pocas cosas que pudiste sacar, y arrastrando a tus niños entre lágrimas y griteríos. Te instalarás en un campo de refugiados, que se diferencia de los campos de concentración nazis, porque la muerte es más lenta que con el gas. Morirás de locura y hambre y no asfixiado.


Vivirás arriba de varias familias en una habitación (con suerte), sitiado a pocos metros por el muro que te encañona con tanquetas y fusiles, y esperarás con ansias la llegada de algún valiente grupo de turistas alternativos, que quiera “conocer tu realidad”. Entonces te comprarán a 10 dólares algún tejido de la abuela, o alguna precaria artesanía que hizo tu esposo en la cárcel condenado a 15 años por apedrear un carro de policías judíos y podrás decidir qué hacer con esos 10 dólares. Lo más probable es que los pases a la olla común, porque te dará mucho dolor ver a los hijos de tu “vecino” con tanta hambre como los tuyos.

Así transcurrirán tus días. Lentamente. Muy lentamente. Siempre esperando como que la pesadilla termine y un buen día te digan, acabó… puedes regresar a tu casa. Pero eso no pasará. Hace 30, 40 años que tu casa ya no existe. En su lugar, hay un país que instaló sobre tu cama, una preciosa lechería de vacas genéticamente perfectas.

Y como no hay territorio donde construir, deberás seguir en el Ghetto delimitado por otros, subsistiendo otros 40 años más hasta que mueras de viejo, con la mejor de las suertes. Tus hijos acaso irán a la escuela, cada vez más llenos de odio e impotencia, porque los escolta el muro, los militares, los tanques que te acechan a cada paso. Hasta que un día ese pequeño se convierta en hombre y entonces definitivamente no encuentre respuesta para entender por qué no puede ir a ese lugar también sagrado para él que es Jerusalém y que está solo a 10 minutos. Hasta que no encuentre respuestas para entender por qué no puede ir a estudiar a una universidad libremente, o casarse y formar una familia dignamente.


Entonces, ese muchacho que criaste en la miseria del Ghetto explotará de ira e impotencia, y juntará un puñado de piedras que arrojará contra el muro que lo somete a la más espantosa miseria. Ese muchacho entonces, será detenido y torturado varios años acusado de terrorismo. La evidencia serán las piedras, y la honda artesanal que fabricó a escondidas. Tu envejecerás esperando su libertad y explicándole a sus hermanos lo que sucede, intentado que ellos no corran la misma suerte, mientras sobreviven ahogados en ese ghetto cada vez más infernal. Y si el muchacho entonces sale, será solo para juntar ahora un puñado de clavos y construir esos famosos cohetes que tanto desesperan a los judíos sionistas.

Los “kassam”, tubos artesanales de metal, rellenos de pólvora y clavos, que tienen la fuerza suficiente para subir 8 metros , traspasar el muro y explotar en una lluvia de clavos contra tus opresores y que irónicamente ellos mismos rescatan para transformar en esculturas que adornan sus hermosos jardines y que muestran como una evidencia de la violencia que son víctimas.

Vendrá entonces la primera represalia, un tanto desproporcionada, cinco tanques aplastarán viejos autos palestinos, arrollarán niños que se entrenan en la Intifada (”levantamiento” ) afinando la puntería con las históricas piedras de Belén.

Mientras revuelves la olla común con escasos porotos y pepinos, escuchas el griterío y la desesperación, como cuando los nazis entraban de golpe al pueblo de mi padre en Brac buscando a los partisanos. Nuevamente el horror te aplasta. Verás a morir a los tuyos, correrás entre el humo con los cuerpos ensangrentados, y los refugiarás en el Ghetto, a la espera de alguien de la Cruz Roja que cumpla la rutina humanitaria mientras José Levi despacha con su espantoso sonsonete español que: “ha empezado una nueva Intifada”.

Si la frontera no se abre ni siquiera para la carne, o la leche, más difícil es aun ingresar artefactos que te permitan igualar la violencia de bombardeos aéreos o incursiones con tanques que reprimen los piedrazos o los kassam de tus hijos.

Entonces llegará al poder de otro de tus hijos un poco de pólvora y tu se la quitarás. En silencio, sentirás -como ellos en su ferviente adolescencia- que los kassam con ese puñado de clavos, no igualan al poderío militar que te reprime. No tienes trabajo, no tienes comida, no puedes moverte del Ghetto, en tu mente solo existe la necesidad de hacer justicia, no puedes pesar en nada más. No hay futuro.

Darás vueltas en el ghetto una y otra noche, como siempre hace 40 años. Los bombardeos intensifican el bloqueo. No tienes agua, no tienes comida. Tus hijos sobrevivientes están muriendo de hambre y tu estás enloqueciendo. Pasarás muchas noches desvelada, hasta que aprenderás a construir un explosivo casero con esa pólvora. No le dirás a nadie, pero después de 40 años de miseria y represión, estás agobiada. No hay salida y decides que no te matarán de hambre lentamente y que tu muerte entonces no será en vano. Construirás explosivos que esconderás en tu cuerpo. Lograrás pasar el check point y lo harás estallar en el lugar más repleto de judíos que puedas encontrar. Esa es será tu pequeña venganza.

Mientras los restos de tu cuerpo se mezclaron con la sangre de los judíos también muertos, José Levi informará de un nuevo atentado suicida y horas más tarde, anunciará la segunda replesalia. Bombardeos aéreos han dado sobre tu campo de refugiados. 290 muertos y 900 heridos en una nueva incursión de uno de los países militarmente más poderosos del planeta, que somete a los esqueléticos terroristas palestinos armados de piedras y cohetes kassam que tras 40 años de miseria y destierro no encuentran solución a su existencia y no se resignan a morir en uno de los ghettos del siglo XXI que reviven a los del Tercer Reich.

Ese fue el titular cuando llegué a Palestina: “Abuela terrorista se suicida y mata a dos judíos”. Tenía 50 nietos, versaba la bajada de la crónica. 50 nietos que habrá criado en el Ghetto, en esta 4 décadas… dónde más.

Después de estar 4 días en Belén, decodifiqué el titular. De-construí el titular y entonces, comencé a sentir cómo era posible enrollarse un montón de explosivos en el cuerpo. Sentí la angustia, abrumadora, la desesperación.

Decidí salir de Belén, angustiada, amargada… aterrorizada, y con una de las tristezas más profundas que he sentido en mi alma, simplemente porque tienes la certeza absoluta de que no hay retorno.

Llegamos a Betjala, que tiene conexión directa con Belén, omitiendo el check point. Entramos al mejor hotel de Betjala, un hermoso edificio de casi 12 pisos, hermosamente decorado, con un salón inmenso en la recepción, un gran comedor, un hermoso bar. Más de 300 habitaciones. Todas vacías.

Pedimos una buena habitación. Estaban todas disponibles. Un gran ventanal. Betjala como deshabitada, detenida en el tiempo. Y nosotros omitiendo un rato el caudal de incomprensiones que teníamos en la cabeza y el corazón. Estábamos escapando, al menos unos días. Teníamos hambre. Esa noche podríamos comer bien. Entonces por teléfono pedimos a la recepción algo de comida. Decidimos bajar al restorán. A las 9 de la noche, un restorán con más de 100 mesas había sido abierto solo para nosotros. La mesa repleta de las más exquisitas comidas árabes, sin exagerar. Todos los mesoneros a nuestra disposición. Estaba siendo difícil huir de la miseria. La teníamos escondida tras el lujo de ese hotel también detenido en el tiempo. Era temporada alta, plena navidad y no habían llegado pasajeros. Comimos lento, pensando en cómo hubieran querido algo de “very tipical food” en el campo de refugiados que habíamos visitado horas antes.

Una cerveza fue el postre y nos instalamos en el hermoso salón contiguo. Prendieron las luces para nosotros y entonces apareció un hombre alto, canoso, amable. Saludó y se presentó como el dueño del hotel. Comenzó una tonta conversación sobre clima. El no quería hablar del tema y nosotros tampoco, pero nuestro inglés chapurreado, tan chileno, pronto lo hizo sospechar sobre nuestra procedencia. Como muchos en Betjala, él también tenía un familiar en Santiago. Entramos en confianza, y entonces preguntamos y preguntamos.

Cómo sobrevivía, cómo mantenía ese hotel y para qué lo hacía en medio de tanta desolación. La conversa cada vez era más triste. Los escasos 200 dólares que podíamos dejar por nuestra estadía, ni siquiera alcanzaban para pagar la electricidad de 1 día funcionamiento del hotel. ¿Por qué no te vas a Chile?, le preguntamos. Uno de sus hermanos vive en Santiago. Sus ojos se llenaron de lágrimas, como si ese tremendo hombre de rasgos tan masculinos, fuera un pequeño nene muerto de susto. Como un comandante derrotado en su trinchera, moribundo, pero impecable y de corbata, él estaba dispuesto a morir ahí, en el precioso hotel que heredó de su padre y que antaño estaba repleto de turistas, viviendo el esplendor de la cultura árabe mezclada con el rito católico de la navidad.

No puedo hablar, dijo tartamudeando y se despidió de lejos antes de marchar. A la mañana siguiente partimos rumbo a Jordania. No pudimos conseguir un auto palestino que nos llevara a la frontera. No queríamos dejar ni 10 dólares más en manos de Israel. Pero fue imposible. Está prohibido y aunque los “territorios palestinos” dan con Jordania, la frontera también es de los judíos.

Paola Dragnic

Ráfagas de un viento gélido soplando a 100 km p/h  han provocado este fin de semana caídas de arboles y paneles publicitarios en Suiza. Incluso se registraron (eso si en la cima del Petite Scheidegg y el Lauberhorn)  puntas de 197 km p/h en la región de los Alpes suizos.

Esto no ha impedido a la gente después de haber festejado navidad, de salir a caminar por el borde de lago Leman,  sobre todo que ayer hubo un lindo pero soplado tiempo en la ciudad de Ginebra desde donde escribo estas lineas.

El frio viento (bise) azota Ginebra.

El frío viento (bise) azota Ginebra.

Al mismo tiempo, y a pesar del frío una ola de robos  se ha estado sucediendo,  provocadas por  bandas de ladrones provenientes de Georgia.  Claude Utz cuenta a un diario ginebrino , como su empresa de “Serraduras de urgencia”  ha tenido que trabajar día y noche debido al aumento de los pedidos de barras metálicas destinadas a transformar casas y departamentos en verdaderas fortalezas a un costo no despreciable  de 600 dolares.

Pero, ademas del lado anecdótico de estos hechos, un cierto sentimiento de aprensión surge en Suiza, este país rico y pequeño que hasta el día de hoy  nunca a conocido una guerra y quien a podido cosechar las dificultades  de terceros  transformándolas para su propio beneficio. Un país que aporta también financieramente a la cooperación entre los pueblos.

La gente comienza a darse cuenta que este estado de excepción que significa,  escapar a las dificultades por las que atraviesa el resto de Europa va a cesar. Que no podrán ya, vivir encerrados en una torre de marfil, impermeables a la marcha del planeta.

Un hecho raro en Europa revela que para ir en el sentido de la globalización,  Suiza a permitido la construcción de un templo hindú  ( Gurdwara) en su territorio.

Situado en Langenthal,  sería el único verdadero construido en Europa. Hecho significativo en la idea que algún día viviremos como hermanos. Hecho desproporcionado también ya que la comunidad Sikh en Suiza solo cuenta con 600 miembros. El creador de la iniciativa de construccion no es otro que Karan Singh, quien trabaja modestamente en una queseria del lugar logrando reunir 1.700.000 dolares para terminar el edificio, lo que le llevó 10 años.

Y las ideas globalizantes no se detienen allí ya que algunas calles mas allá se ha comenzado a construir una mezquita musulmana.

Templo Sikh en Langenthal (Suiza)

Templo Sikh en Langenthal (Suiza)

Esta entrada lleva un cuento que corresponde con el periodo que vivimos: las fiestas de navidad, pero que también habla de quienes somos, de la sociedad en que vivimos y de la trifulca que se creó en el planeta el día en que se asesino a Papá Noel. Y les puedo asegurar que el cuento lo dice con humor.

El asesino de Papá Noel.

Hubo una vez una persona que terminó con las guerras para siempre, al asesinar a 42 Papás Noel.

Todo empezó unos diez días antes de Navidad, cuando un Papá Noel del Ejército de Salvación fue asesinado en un barrio.

Un diario de la mañana traía la noticia, pero al día siguiente otros cinco Papás Noel fueron asesinados y el hecho apareció en la primera plana de todos los diarios del país.

Cuatro de ellos fueron asesinados mientras recolectaban fondos para el Ejército de Salvación, y el quinto fue apuñalado en la sección Juguetería de Gimbel’s.

¡La gente se sintió ultrajada! ¡Cómo se indignaron! Pensaban qué monstruo, qué engendro debía ser ese tipo, quiero decir, arruinarles la Navidad a los chicos asesinando a Papá Noel.

No se preocupaban por las vidas verdaderas de los hombres asesinados, tan sólo era el efecto que causaría a los chicos lo que molestaba a todos.

De manera que al día siguiente la ciudad estaba llena de policía metropolitana y estadual, agentes del FBI y hasta algunos funcionarios de Inteligencia de la Marina, agentes del Tesoro y funcionarios del Departamento de Justicia, todos los cuales encontraron pretextos para intervenir en el caso: y otros diez Papás Noel fueron muertos y no se atrapó al esquivo asesino.

Así que aquella noche todos los Papás Noel que estaban trabajando convocaron a una reunión secreta para decidir qué hacer.

Se daban cuenta de sus responsabilidades para con los chicos pero, por el otro lado, les parecía una especie de locura salir a la calle y ser atacados por este maníaco.

De modo que un hombre, que era valiente y no tenía a nadie que dependiera de él, se ofreció para salir al otro día, disfrazado y con una fuerte guardia armada.

Pero le cortaron la garganta en su cama, aquella noche.

Así que al otro día no había Papás Noel en la ciudad.

Y la gente estaba algo así como irritable y nerviosa, y los chicos lloraban, y no parecía Navidad sin los Papás Noel.

Pero al día siguiente, una volátil mujercita de Hollywood, una actriz que buscaba publicidad, salió vestida de Mamá Noel.

Y la gente y sus chicos se agolparon en torno de ella, ya que era lo más aproximado a Papá Noel que andaba por la calle, y consiguió un montón de publicidad, y no la mataron.

De modo que al día siguiente varias otras mujeres prominentes salieron todas vestidas de Mamá Noel, con el pelo empolvado de blanco y polleras coloradas y almohadones en sus vientres y sombreros de Papá Noel, y tampoco a ellas las mataron.

Decidieron que a lo mejor el maníaco había dejado de actuar, así que mandaron a la calle a un Papá Noel como globo de ensayo, pero una hora después su cuerpo era conducido en una ambulancia al Bellevue Hospital, con tres balas alojadas en él.

Así que la Navidad de ese año transcurrió con Mamás Noel.

Y el año siguiente empezó a ocurrir otra vez lo mismo, de modo que de inmediato mandaron a las mujeres otra vez a la calle.

Al año siguiente pasó la misma cosa; y el siguiente, y el siguiente; y año tras año, este paciente y esquivo maníaco mataba a cualquier varón vestido de Papá Noel, hasta que finalmente en los diarios, en la publicidad y en las mentes humanas, Papá Noel retrocedió hacia el fondo y Mamá Noel se convirtió en la figura principal.

Quiero decir que Papá Noel todavía estaba allí. Hacía los juguetes en el Polo Norte y se ocupaba de los elfos, pero era Mamá Noel la que viajaba en el trineo tirado por los renos y se deslizaba por la chimenea y repartía los regalos y encabezaba el desfile de Navidad cada año.

Y lo divertido era que a las mujeres parecía gustarles realmente ser Mamá Noel. Nadie tuvo que pagarles y se convirtió en una moda tal que las calles, en época de Navidad, estaban colmadas de Mamás Noel. Y a medida que el tiempo pasó, ellas empezaron a hacer pequeñas alteraciones en el traje tradicional, cambiando primero el matiz de rojo, y experimentando después con colores completamente distintos, hasta que al fin cada traje fue único y fantástico, hermosamente coloreado, bellísimo.

Se convirtió en un verdadero honor el encabezar el desfile de Navidad.

¡Y a los chicos les encantó!

¡La Navidad nunca había sido así antes, con todas estas Mamás Noel y toda la excitación!

Pero estos chicos, esta nueva generación de chicos que creció creyendo en Mamá Noel, eran algo así como distintos.

Porque, fíjense, para los chicos muy pequeños Papá Noel es un dios.

Y para la época en que dejan de creer en Papá Noel, empiezan a ir a la Escuela Dominical y aprenden acerca de un nuevo Dios. Y este nuevo Dios no les hace regalos. Es un poco rudo.

Pero toda la vida anhelan a su antiguo dios de la infancia, a su dios Papá Noel.

Observen sus oraciones, lo que dicen: dame lo que deseo. Pero esta nueva generación de chicos que crecieron creyendo en Mamá Noel parecía tener una actitud distinta hacia las mujeres.

Empezaron a elegir mujeres para el Congreso y eligieron a una mujer presidente y mujeres alcaldes, hasta que muy pronto el país entero estuvo gobernado por mujeres.

A ellas les preocupaba sobre todo cosas como la comida, y hubo mucha discusión en el Congreso acerca de varios regímenes, y bien pronto hasta los más pobres tuvieron mucho que comer; y estaban interesadas en las casas, y pronto ya no hubo escasez de viviendas.

Pero había una cosa que no apoyarían.

No pensaban hacerlo.

Quiero decir, ¿qué posible razón política haría que estas mujeres mandaran a sus hombres a ser matados? ¡Era ridículo!

De modo que con su poder político y su poder financiero y el prestigio de los Estados Unidos, obligaron y animaron a otros países a permitir que mandaran las mujeres.

Así la guerra terminó para siempre.

Los hombres siguieron haciendo lo que siempre habían hecho. Trabajaban en fábricas, y estudiaban matemática superior, y apostaban a caballos, y repartían el hielo, y discutían de filosofía.

Pero estas discusiones sobre filosofía no ocasionaban que la gente se muriera de hambre y se matara entre sí.

Y muy pronto, en todo el mundo, nadie estaba hambriento, todos tenían lindas casas, ya no había guerra, la gente empezó a ser feliz.

Saben, cuando uno se detiene a pensar en ello, había ocurrido una revolución mundial.

Y 42 Papás Noel no es mucha gente muerta para una revolución mundial.

Pero el asesino o, en realidad, el santo a quien la humanidad tanto le debía, el que planeó y ejecutó esta revolución casi incruenta, nunca fue atrapado y crucificado.

Siguió viviendo.

No, nadie descubrió nunca la identidad de este santo: es decir ah–, salvo yo.

Yo sé quién es el santo.

Oh, no tengo ninguna prueba, pero es precisamente por eso que estoy tan seguro de que lo sé.

Porque hay una sola persona capaz de esto, hay una sola persona con el genio, la osadía, la imaginación, el valor, el amor a la gente, la avidez por la sangre y la paciencia requeridos para llevar a cabo ésta, la mayor de todas las acciones.

Esa persona es mi hermanita.

Escrito por Spencer Holst, traducido por Ernesto Schóo y publicado originalmente en español en Página/12.

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